El día en que Robin se cansó de ser Robin y fue, simplemente, Robin

“Es difícil la tarea de superhéroe” escribió Batman en su cuenta de twitter. Robin, que leía su timeline como quien no quiere la cosa, le respondió con un triste “¿Y vos te quejás? Yo ando con un bombachón verde y una capita que me llega a la mitad de la espalda #heroegarca”.

Es esta la historia de como Robin se enojó con Batman y ese enojo llevó a la separación de este dúo dinámico que hizo historia. También hizo matemática, lengua, geografía y todas las otras materias obligatorias de la educación pública pero ese es otro cantar. Como el del “Mio Cid”, que parecería ser que no le gustaba cantar pero lo obligaban. Mio quería ser albañil y dedicarse a eso pero su padre le decía: “Tú tienes que cantar, Mio” Y Mio cantaba. Mal, pero cantaba. Hasta que un día, juntó sus ajadas ropas y se marchó sin rumbo fijo. Ni número fijo. Llevó su celular. El celular de Mio. Y le puso de ringtone la canción de Batman. Porque a Mio le encantaba Batman. A Robin no. Robin estaba cansado de ser el “che pibe” de Batman. Quería mejoras salariales, quería obra social, quería otra ropa. Batman tenía el super-cinturón, con mil cosas. Robin no. Robin apenas usaba un cinto que había sido de Alfred, el mayordomo, cuando jugaba al ping pong en el equipo de Ciudad Gótica. Sigue leyendo

Feliz cumple

Entró en puntas de pie intentando no hacer ruido. Seguro que ella dormía y no quería despertarla. Era su cumpleaños y tenía todo listo. En la bandeja había dispuesto todo como lo imaginó: la taza con el café con leche con dos de azúcar y dos gotitas de edulcorante, con mas leche que café pero no lo suficiente para que se convierta en lágrima. Al costado, tres tostadas recortadas con el cuidado necesario para que forme la “Rosa del Tupungatao”. Una extraña rosa de procedencia brasilera que es negra y amarilla en partes iguales. Un pétalo de cada color. Ella siempre se identificó con ese raro pimpollo. Para lograr el efecto necesario, se levantó a las cuatro menos diez de la mañana. Ahora, seis horas después contemplaba su obra sobre el platito.

Para que la garganta de su amada se hidrate adecuadamente, exprimió doce damascos y los mezcló con gajos de tamarindo, traído de su Costa Rica original. Ese trago, cuyo costo final superaba cualquier sueldo promedio, llevaría el mensaje del esfuerzo que un hombre puede llegar a realizar por amor.

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Seguro que te irá mucho mejor sin mí

Si no soy yo, si sos vos, entonces ¿por qué me querés como amigo? Entiendo que quieras preservar la relación. Pero si la querés preservar, ¿por qué me pedís mas espacio? Si querés mas espacio, agrando el living pero me parece que me estás queriendo decir otra cosa.

Me decís que necesitás un lugar para pensar y ser vos pero que no es mi culpa, que soy tan pero tan bueno que no merezco estar con alguien como vos y que lo haces por mi, porque no soportás verme sufrir. Que necesitás alguien que me quiera de verdad. Me estás diciendo que no te perdonarías nunca hacerme daño. Pero ¿cómo me decís eso? Si no me hacés ni un café con leche… es imposible que me hagas daño.

Me siento en la escuela primaria porque me pedís distancia como me lo pedía la maestra. Me agarrás la mano y, encima, me querés convencer de que vos no me podés dar todo lo que yo te doy, que tendríamos que habernos conocido dentro de cinco años, cuando estemos mas maduros y que lo que necesitás es ese tiempo para pensar qué querés de tu vida. Que soy maravilloso, sensible, simpático, gracioso, alguien con quien se puede hablar pero necesitás algo más en tu vida. Que de todos los hombres con los que estuviste, nadie es mejor que yo pero que vos ahora estás necesitando otra cosa. No entiendo… ¿querés estar con un garca? ¿Alguien que te pegue un par de cachetazos? ¿Un mudo quizás?

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Ballenas eran las de antes

Ahora es muy fácil abogar por el futuro en esta tierra de las ballenas. Ahora cualquiera se llena la boca pidiendo por ellas, tratando de hacer de este un mundo mejor. La realidad es que si, hace 45 años o más, alguien hubiera o hubiese escuchado a mi abuela todo sería distinto.

Todos los días, antes de que mi abuelo saliera a patrullar las calles con su maletín, su sombrero y las llaves del taxi, se le acercaba para darle los últimos retoques: peinarlo, quitarle alguna pelusa rebelde del hombro
(¿notó que en las películas y/o publicidades las pelusas siempre se alojan en el hombro y se quitan con dos pasaditas de palma de mano?) y le susurraba al oído “No te olvides de las ballenitas”.

Él, galante, se tocaba el cuello de la camisa y le guiñaba el ojo izquierdo a mi abuela diciéndole siempre las mismas palabras: “Las ballenas están bien… lo único que te hace falta es que te subas a un barco y armes manifestaciones”.

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Valentín, el santo

         Pedro… mirá quien vino… ¿Qué hacés, Valentín?

         Hago lo que puedo. También hago artesanías con palitos de helado. Hago de cuenta de que no existís, por ejemplo, marmota.

         Epa… que humor… ¡Pedro! Mirá con el humor que llegó Valentín. ¿Qué te pasa?

         Me pasan cosas, que no comprendo. Me pasan cosas que no se explican. Huelo a jazmines, río en tu risa. Parezco tonta, estoy distraída. Me siento grande y muy chiquita.

         ¡Pedro! Escuchá lo que recita el ruiseñor… ¿De dónde sacaste eso?

         De Chiquititas. Gran poesía hay encerrada allí dentro.

         ¿Sabés las cosas que podría decir yo? ¡Pedro! Si este me hiciera hablar… mamaderaaaa… las cosas que le diría. ¿Te queda claro, no Valentín?

         Podría pasar, que me hagas hablar. Yo creo que tienes el don de curar este mal. ¿¿Es un solo?? Es la guitarra de Lolo.

         ¿Miranda?

         No, Lolo. La guitarra es de Lolo. No entendés nada…

         ¡Pedro! Escuchalo, Pedro. Dice que yo no entiendo nada. ¿Y vos sí entendés, Valentín? Haceme el favor… a ver si ahora el que no entiende soy yo. Me hacés reir, Valentín.

         Es preferible reír que llorar y así se debe tomar. Los ratos buenos hay que aprovechar. Si fueron malos, mejor olvidar.

         Pero pero… ¿vos me estás tomando el pelo, Valentín?  ¡Pedro! Sentí lo que me dice… no no no, si yo lo voy a matar a este desgraciado. ¿Por quién me tomaste?

         No, yo no tomo. Soy abstemio. Gracias igualmente. Sigue leyendo