Taxi

“Uh… ¿no tenés más chico?” me pregunta el taxista. Miro mi mano y veo el billete de 10 pesos. Lentamente muevo la cabeza hasta que la visión periférica me muestra el reloj que marca un claro ocho con setenta y cinco.

Le hablo a su nuca pensando en qué responderle y se me presenta la duda constante de cada viaje: ¿lo miro a la nuca o miro esos ojos inexpresivos que el espejo retrovisor me devuelve, impiadoso? El tipo me habla y yo le respondo a su nuca. Pero hay días que hago un esfuerzo y lo miro al espejito.

Pienso mi siguiente jugada con cuidado y me decido por un “¿Más chico?”. Le pago con la misma moneda y, además, le doy la chance de que lo piense mejor. Pero no. El tipo se mantiene firme y, antes de que que pueda decirle otra cosa, me refriega un “Lo que pasa es que recién salgo, sos el primero que levanto”.

Vuelvo a bajar la vista y pretendo buscar cambio. Me pregunto por qué siempre que nos piden cambio pretendemos buscar en nuestros bolsillos algo que sabemos que no tenemos, que jamás encontraremos.

Al bajar la vista, hago un rápido chequeo por la planilla donde figura el supuesto conductor y la información que me devuelve es, cuanto menos perturbadora, porque quien me pide cambio no tiene nada que ver con el que figura en esa hoja maldita. Empiezo a inquietarme pero me calmo al pensar que jamás, en ningún viaje en taxi, el conductor es quien la ficha dice que debería ser. Yo creo que lo hacen a propósito. Para jodernos nomás.

“Son 8,75 y le estoy pagando con 10, jefe” le digo. Metí el “jefe” como para darle más confianza en sí mismo. No le dije “papá”. Le dije “jefe”. Como diciéndole “vos sos el que manda”, para que su vida sea un poco mejor aunque sea por un instante. Y algo así fue porque desde que subí no paré de dar indicaciones.

“Vamos para el centro” le dije cuando subí y se produjo un silencio incómodo. Tan molesto fue ese momento que, por un instante, pensé que me había subido a un auto particular. “¿Me guías por favor? Es que soy nuevo y estoy empezando en esto” me respondió. Hay días que me siento un desvirgador de taxistas. Siempre soy el primero. No me imagino a un cirujano que haga la misma pregunta y el paciente no se queje. En cambio con los taxistas nadie dice nada.

“Me matás con esos 10 pesos, papi” insiste. Ahora ya se da vuelta. No me habla más desde la fría imagen del espejo retrovisor. Lo hace frente a frente. “¿En serio no tenés más chico?” espeta, final. Definitivo.

Pienso mi respuesta. No hay vuelta atrás. Es imposible que esto termine bien. Lo miro seriamente, directamente a los ojos. Llego a distinguir una leve desviación en el ojo derecho pero no dejo que eso me amilane. “¿Querés más chico?” le repregunté como para estar seguro, tirando por la borda el respeto con ese tuteo casi impertinente.

“Si papi… ¿cuántas veces te lo tengo que decir?” me apuró

“Acá tenés 2 pesos entonces”

Y me bajé. La próxima me tomo el 42 que me deja a 3 cuadras y listo.

[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]
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