¿Hola?

Suena el teléfono ¿no? Entonces yo atiendo y pregunto: “¿Hola?” pregunto. No me mando a un “¿Hola quien es?” porque me parece muy confianzudo. Entonces tiro el “¿Hola?” que no es un “Diga” imperativo. El mío es un “¿Hola?” de “Contame quién sos, qué te pasa, qué andás buscando”. De buena onda, de “soy como vos”. Tampoco espero gran cosa del otro lado. Porque no doy lugar a una sesión de psicoanálisis, por darte un ejemplo. Espero alguien que te diga quién es y con quién quiere hablar. Sino, ¿para qué carajos iba a llamar, no? Es como cuando llamás a un radio taxi y te atienden y te preguntan “Radiotaxi, ¿en qué puedo ayudarlo?” y… mandame una grande de muzzarella y cuatro fainás. ¿En qué me vas a ayudar, corazón? Empecemos por mandarme un taxi y vamos viendo.

Entonces le tiro un “¿Hola?” pero sin mucho entusiasmo tampoco. No es un saludo de “estoy contento porque me llamaste” sino uno de “justo pasaba por acá y sonó este aparato de mierda y atendí”. ¿Me entendés? Por eso meto el interrogante. Podría haber dicho “Hola” a secas pero lo hago con pregunta para que se vislumbre cierta incertidumbre, como que hay algo más atrás de esa voz que te dice “¿Hola?”. No solo un contestador humano. Un hombre, una persona propiamente dicha. Un individuo.

Como cuando llamás a la pizzería y el tipo te dice “Hola, pizzería Dos por Cuatro buenas noches soy Amalia, ¿qué tenés ganas de comer hoy?”. Ahí te la dejan servida en bandeja. Bueno, no. La pizza la sirven en una caja bien de mierda te comento. Digo que la situación te la dejan servida en bandeja, regalada. ¿Dónde está el misterio? ahora ya se que sos Amalia. Fin de la situación. Meteme en clima, no me regales nada. Aunque, pensándolo bien, si me regalan un par de empanadas no me quejo ¿eh?

“¿Hola?” atendí. Porque así se atiende. Nada de “Aló”. No no no no… ¿de dónde salió ese “Aló”? Demasiado amanerado para mi gusto. Yo llegaba a atender diciendo “Aló” y del otro lado estaba mi abuelo y se armaba un tole tole que ni te cuento. Yo digo “¿Hola?” y con eso le doy el pase al otro para que se explaye. Ahí tirame “Hola soy Roberto quiero hablar con tal y cual”. No me digas un “Hola” para que yo pregunte “¿Quién es?” y vos me digas “Roberto” y yo te diga “¿Con quién quiere hablar?” como si estuviéramos jugando el “Veo veo”. Dame las cosas de una. Pim pum y a otra cosa mariposa. Hacémela fácil. Sencilla. No tengo todo el día para averiguar quién sos y jugar al gallito ciego. Juego que, por supuesto, me parece una tremenda pelotudez. ¿Dónde se vió a un gallo ciego para empezar? y para terminar: no es un gallo ciego porque le tapás los ojos (o sea, bien que ve el gallito en cuestión) pero además ¿le das un palo? ¿A un gallo? Dejate de joder. Por eso mismo digo: decime quién sos, directo y sin dar vueltas. Ya bastante que dije “¿Hola?” y no dejé que atienda el contestador automático.

¿Y sabés por qué no dejé ? No dejé que atienda el contestador automático porque no tengo. Mirá qué fácil.

Hagamos las cosas simples. Como cuando llamás equivocado. “Hola, ¿está Juan Agustín?” y te responden: “No, equivocado. ¿Con quién querés hablar?” Con el Papa quiero hablar. Escuchame infradotado. ¿No te acabo de decir que quería hablar con Juan Agustín?

Por eso lo mío es directo. Pregunto “¿Hola?” y vos me decís quién sos. Y punto. Entonces, como te decía: suena el teléfono ¿no? Entonces yo atiendo y pregunto: “¿Hola?”. Era un contestador automático que, además, estaba equivocado.

[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]
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