Augusto, el rey (cap. 3)

La barca tocó tierra después de trescientos catorce días y seis horas de travesía. A esa altura, el indio Oxi G. Na y Augusto De Mora habían trabado una relación. Y no la habían podido destrabar. Se encontraban tan enojados entre sí que casi no se dirigían la palabra. Se dirigían uno al otro clavos, tornillos, lo que fuere que encontraran en el piso de la barca, lastimándose hasta más no poder.

No había sido fácil pasar todo ese tiempo mas siempre De Mora se recordaba el objetivo: llevar el mensaje del rey a la bella Isabela “la imperturbable”. Ya no soportaba los dichos que sin cesar el indio recitaba.

“¿Notó, legado guardia, que “tradición” y “traición” se parecen tanto que el que traiciona desde niño, convierte en una tradición el traicionar? Es posible que no lo haya notado porque descubro en su vida falta de léxico y buen ser” le dijo Na a De Mora una calurosa tarde.

“¿Usted notó que si a ruta le cambia una letra forma el nombre de su madre?” respondió De Mora.

Así pasaron todo ese tiempo, discutiendo imposibles, desayunando esperanzas de llegar. También desayunaban peces saltarines que caían sobre el borde de la embarcación.

“¿Sabía usted, primate, que el pez espada se defiende con su aleta mas no con su espada?” reflexionó el indio al ver un pez saltarín respirando oxígeno, muriendo, sobre su pie izquierdo.

“¿Sabía usted que si al pez lija le cambia una letra se convierte en el pez mas peligroso del mundo marino?” refunfuñó el mensajero pisando el pez con su bota.

Cuando la embarcación apoyó su panza sobre tierra firme, el indio se arrodilló sobre la arena blanca y masticó las conchas que reposaban desde hacía siglos en la costa.

“No se si está al tanto, rufián, de que las conchas marinas poseen vitaminas que suministran calcio, hierro y oxígeno a las células del cuerpo. Eso según un teórico moderno llamado Copérnico” interrogó el erudito.

“No se si está al tanto que hay otras conchas que…” comenzó a responderle De Mora perdiendo el estilo de una manera abismal cuando divisó a lo lejos una espléndida edificación. Se puso en marcha sin prestarle atención al curador real. Si no podía seguirle el paso, aún mejor.

A medida que se acercaba a ese fabuloso castillo, escuchaba las trompetas que sonaban identificando al dueño de esa región. De Mora se puso feliz. Volvería a ver a su gran maestro, el duque Luciando y Moneda y Verón. Él lo ayudaría a llegar hasta Isabela “la imperturbable”.

“El viajar es un placer, que nos suele suceder” repetía Oxi constantemente buscando fuerzas desde lo más profundo de su alma. Esa bestia que lo guiaba y llevaba a una misión que no había aceptado sacaba lo peor de si. Palpó debajo de sus ropas y se relajó: “Pero no me importa, porque llevo torta”. Ese pequeño pedazo de pastel que aún conservaba desde su partida era su recuerdo (el único) más preciado de su tierra.

El castillo había sido erigido por pedido expreso del duque pese a la oposición de todo el pueblo. El duque y Moneda y Verón insistía con que debía protegerse de las posibles invasiones porque, hasta ese momento, vivía en una simple casa en medio del pueblo. Todos lo atacaron, pisoteando su idea, menospreciando su intelecto.

Pese a todo eso, Luciando y Moneda y Verón mantuvo su compostura sin reaccionar. Esa actitud le valió el respeto y consideración de su gente. Todos valoraron la valentía del duque que supo enfrentar la adversidad como pocos. Con el tiempo, en recuerdo de Luciando y Moneda y Verón, se acuñó una frase que se utilizaría durante centurias: “Se la bancó como un duque”.

El castillo ocupaba gran parte del centro del pueblo. El duque se había encariñado con su casa donde había vivido toda su vida y por eso mandó a construir la fortaleza alrededor de su pequeña vivienda.

Su temor ante una eventual invasión hizo que pidiera que el arquitecto Patricio Brosha se hiciera presente. Brosha le había contado una idea fabulosa: se trataba de una forma genial para sorprender al enemigo en pleno territorio hostil. Dibujó sobre la tierra con un palito un caballo y le dijo: “¿Recuerdas, duque, aquella enfermedad que atacó a tu perro Silbarrete hace años? Aquella enfermedad, gran duque, hacía crecer gusanos dentro del vientre de Silbarrete y, de pronto, cuando estaban listos, rompían el estómago y saltaban al vacío atacando a todo lo que podía cual plaga maldita. Bueno, la muerte del fiel Silbarrete no fue en vano. He aquí, bello duque, el caballo de Brosha”.

Si Brosha había ideado algo tan loco pero tan seductor para cualquier guerrero, haría maravillas con su fortaleza. Trabajaron día y noche, durante semanas, desechando ideas hasta que concibieron la Fortaleza de Brosha. Se trataba de un castillo compuesto por dos murallas exteriores que formaban un rombo concéntrico de manera tal que las esquinas exteriores daban contra las paredes del rombo interior. Si alguno lograba trepar los altos muros, del otro lado lo esperaba un foso de siete metros de profundidad, lleno de cuatrocientas especies marinas todas carnívoras y hambrientas con cuidado.

Dentro del segundo rombo, con muros mas altos que los del rombo exterior, se accedía al patio principal. En el centro exacto de este patio, se encontraba la “Brosha Gorda”. Se trataba de una casa ficticia, de grandes dimensiones externas pero que, al traspasar la puerta principal, el visitante se topaba con otra puerta de menores dimensiones. Detrás de ella había otra puerta similar y así sucesivamente hasta llegar a las noventa y cuatro puertas. Cada una con su guardia compuesta por dos soldados del ejército del duque. En cada puerta el santo y seña para poder continuar variaba con lo que el acceso se tornaba complicado.

Una vez traspuesta la última de las puertas, Patricio Brosha había construído una escalera con forma de espiral. Con el tiempo mutó de nombre a caracol, quizás por la lentitud con la que se ascendía. Esta escalera espiraliada constaba de quinientos noventa y seis escalones dispuestos uno debajo del otro como manda la ley de las escaleras y de allí el nombre, pero la separación entre uno y otro equivalía a una vez y media la distancia normal entre escalones.

Al llegar a la cima de esta escalera, se presentaba un gran tobogán con capacidad para medio cuerpo, lo que obligaba a una persona de dimensiones normales a deslizarse ubicando su cuerpo en diagonal. Lo peligroso de este tobogán es que, al descender, atravezaba las míticas arenas movedizas de y Moneda y Verón. Eran arenas que, como su nombre lo indica, se movían. O sea que nunca estaban en el mismo lugar. Entonces cualquier intruso no podía elegir el lugar para caminar porque nunca se sabía de donde podían aparecer las arenas movedizas.

El tobogán finalizaba en la puerta misma de la casa del duque. Al bajar, bastaba con quitarse los zapatos para lavarse los pies tal como indicaban las costumbres de la época. El duque Luciando y Moneda y Verón esperaba a sus visitantes siempre dispuesto a una buena charla.

Para retirarse no había que hacer tanto camino. La salida era directa. En el fondo de la casa, en el parque, se había dispuesto una catapulta de dimensiones generosas ya que el brazo del artefacto necesitaba mucha fuerza para lograr expulsar a la visita del otro lado de los dos muros romboidales.

Del otro lado del muro, a doscientos metros, Augusto De Mora y el indio Oxi G. Na miraban la majestuosa obra de Brosha. Caminaron lentamente en dirección a la primera de las puertas, sabiendo que no sería fácil. Antes de llegar el curador real puso la mano derecha sobre el hombro izquierdo del gigante De Mora y le dijo:

“Dime, duro titán, si lo que viene es tan intrépido como parece. Dime, duro titán, si la desventura golpeará nuestras puertas. Dime, duro titán, si podremos luchar contra la adversidad que se avecina. ¿Es tan duro el porvenir por venir o simplemente por venir, el porvenir será duro?”

Augusto De Mora lo observo por encima de su hombro sin dejar de caminar en dirección al castillo. Volvió la cabeza en el momento exacto en que un grito lo paralizó. Del otro lado de la pared observó salir volando como un pájaro buscando el verano a un hombre. “Un visitante” pensó. Y se preguntó cómo haría para salir del castillo sin morir en el intento.

Pero, para eso, todavía faltaba mucho

(continuará…)

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Un comentario en “Augusto, el rey (cap. 3)

  1. ¡Qué lo parió! Cuanto más se lee más se quiere en este sitio… sigo pidiendo hacer el fan´s club (si me dan la presidencia, si no no)

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