Augusto, el rey (cap. 2)

Después de dejar la ciudad, Augusto de Mora de Luxemburgo aún escuchaba los vítores y cantares del séquito papal. No podría ser de otra manera ya que las costumbres de aquella época indicaban que los homenajeados debían escuchar atentamente la ópera “Oda cantata della mia parole” de Giacomo Capelettini en su versión completa. La particularidad que tiene esta obra es que fue escrita por Capelettini durante la invasión bárbara. La mayor parte de las siete horas de canto (tal la duración de la obra) son literalmente gritos debido a que el autor se encontraba en la costa, buscando inspiración, cuando los bárbaros descendieron de sus navíos en busca de sangre, sudor y lágrimas ajenos.

La tradición eclesiástica superior obligaba a aquellos que recibían el honor de escuchar la “Oda cantata della mia parole” a hacerlo sentados en medio de la “campana di acciaio”, rodeado de los doscientos integrantes del elenco, los treinta y siete miembros del alto clero, el papa, dos monaguillos y un perro. Todos encerrados en la “campana di acciaio” sin poder salir hasta la finalización de la obra.

La campana en cuestión estaba realizada íntegramente, como su nombre lo indica, en acero fundido en el norte de Pongloria, África, y llevado a lomo de camello hasta el lugar donde se realizare la presentación. La forma de la campana le daba una profundidad en la base de 7 metros de diámetro. La gente que quedaría dentro debía posicionarse sin sobrepasar esos límites. Una polea tirada por doce bueyes marmolados machos bajaba la mencionada campana hasta apoyarla en el suelo. Por ese motivo era estrictamente necesario que nadie quedase en el borde delimitado previamente porque sería descuartizado por el peso del acero.

Una vez descendida, la campana quedaba apoyada en el suelo. Nadie podía salir ni entrar hasta que finalizara la obra. El único problema era el eco que se generaba dentro generado por los gritos, la música, los aplausos y algún ladrido.

Mucha gente quedaba virtualmente sorda al finalizar la “Oda cantata della mia parole” mas no era el caso de Augusto. De Mora tenía la ópera completa en su cabeza y no lo podría quitar por doce semanas. Él sabía que debía descansar pero su misión se lo impedía. Estaba obligado a llevar el mensaje de su rey, Henrique VIII, sano y salvo a las bellas manos de Isabela.

En su largo camino hasta los aposentos reales de Isabela “la imperturbable”, Augusto De Mora debía recoger al curador real, el indio, Oxi G. Na por el castillo de Terrabella, al norte de Italia. Al llegar a la puerta de la vieja edificación, notó un tumulto. Bajó de Andarivel, su viejo y hermoso corcel, y caminó abriéndose paso entre la muchedumbre sin saber que no volvería a verlo.

Augusto De Mora conoció a Andarivel un minuto antes de que naciera. Estaba corriendo (aún tenía sus dos piernas) a una bella doncella por las montañas de heno apiladas en el fondo del campo del por entonces príncipe Henrique de tan solo cinco años. Augusto logró encerrar a la mujer que, jadeando, se quitó la blusa dejando al aire del atardecer sus jóvenes y hermosos senos. Él parpadeó dos veces y, estupefacto, exclamó: “¡¡¡Que hermosa yegua!!!”.

La joven empalideció del enojo al escuchar esas palabras de un hombre y, ofendida, corrió hacia él para abofetearlo cuando se percató de que su mirada no estaba dirigida a ella sino a algo que estaba a sus espaldas.

Giró sobre sus talones y notó varias cosas en simultáneo. Lo primero fue darse cuenta de que no estaban solos y, además, que en el piso yacía la yegua favorita del rey que estaba a punto de parir. Para ser rigurosos con la historia, hay que mencionar que a ella poco le importó que ese animal fuera a dar a luz. Más le molestó que en ese establo estuvieran todo el cuerpo de guardias reales y dos cocineros. Todos mirándole los pechos desnudos. Antes de enojarse por completo se contentó con que el caballo haya decidido parir justo en ese instante. Hubiera sido peor si esos mismos hombres hubiesen entrado al establo unos minutos después.

La yegua del rey no podía parir a su potrillo porque este se encontraba atravesado dentro de su vientre. Si alguien no hacía algo rápido, ambos morirían. Augusto avanzó y tomó la cuchilla tridente de la mano del cocinero que miraba curioso la escena imaginando un rico guiso equino con papines hervidos a la mostaza. Se arrodilló frente a la yegua que abrió los ojos al ver el resplandor de la cuchilla en la mano de Augusto. Éste se acercó a la oreja y comenzó a cantar la canción de cuna que le cantaba su niñera, la oveja Morla. De Mora había sido criado por un rebaño de ovejas al morir su madre cuando trataba de abrir una nuez con sus dientes. Un pedazo de cáscara salió despedida con la violencia necesaria para que Manoleta De Ibañez de De Mora muera al instante.

Una vez dormida la hembra, Augusto De Mora levantó su pata trasera y abrió con sus manos la cavidad por donde debería salir el potrillo. Lo vió pataleando dentro del cuerpo de su madre, enloquecido por el poco lugar que tenía para moverse. Sin necesidad de la cuchilla, introdujo su cuerpo hasta la cintura dentro de la yegua para así poder girar al pequeñito. “Ahora que lo pienso, no está nada mal acá adentro” pensó.

Luego de dieciocho minutos de ardua labor, Augusto salió con Andarivel en sus brazos. Seguramente a su madre la zona le dolería por algunas semanas pero eso no importaba. Andarivel había nacido.

Pensando en todo lo que habían pasado juntos, De Mora volvió a la realidad cuando un vendedor ambulante de palos de amasar pasó por su lado pegándole en la frente con uno de sus productos. Movió la cabeza, despejándose el dolor, y se concentró en la puerta del castillo de Terrabella donde debería estar el curador Na. Estaba tapada de gente golpeando y rogando por entrar.

“¿Qué pasa?” le preguntó a uno de los indignados lugareños. “Es el curador real, entonces es el único que realmente puede curarme las hemorrodoides. Pero se niega, se niega, pone excusas” fue la respuesta.

“Brutos” pensó De Mora. El gran Oxi G. Na era el curador de cuadros más importante de la época. Traía a la vida pinturas que estaban olvidadas y casi sin color ni formas en sus telas. Y esta muchedumbre pretendía que sean curadas de resfriados o gripes sin importancia… Como diría ciento de años más tarde una poetisa latinoamericana: “¿Así? NO. ¿Así? NO”.

Se abrió paso hasta llegar a la puerta y se hizo anunciar. En menos de tres minutos estaba sentado frente al indio Na quien se negó rotundamente a emprender el viaje encomendado por el rey Henrique VIII. “Na no tiene rey, Na no tiene dueño, Na no. Ni Na ni nadie ” fue la réplica. El gran curador tenía la costumbre de hablar en tercera persona cuando se refería a él.

Diez minutos y quince kilómetros mas tarde, el indio Oxi G. Na se encontraba en la parte posterior de una barca alquilada con rumbo desconocido atado de pies y manos, con una mordaza en la boca y un sombrero de arlequín en su cabeza.

Augusto De Mora estaba de mal humor. Antes de salir intentó enviar un mensajero a la reina Isabela “la imperturbable”. El mensaje era claro “Avísale que Oxi G. Na llega con De Mora” pero el hombre que debía llevarlo se negaba a hacerlo ya que la reina era famosa por su puntillosidad y rigurosidad absoluta. Había enviado a la guillotina a súbditos por el solo hecho de tener los cordones de los zapatos desatados.

“Si la reina se entera de que usted está llegando tarde, soy hombre muerto” había respondido el mensajero, asustado. “Dile que no. Dile que el curador no llega tarde, llegará a tiempo con De Mora” le dijo Augusto, a punto de perder la paciencia.

El pequeño hombrecito lo miró sonriendo: “Quizás sea gracioso para usted, pero es mi cabeza la que caerá en la canasta si le digo eso”. Se dio media vuelta y se marchó.

Ahora debía esperar a que la reina lo reciba una vez que la barca toque tierra. Pero para eso faltaba atravesar el mar. En su cabeza sonaba la “Oda cantata della mia parole” de Giacomo Capelettini una y otra vez. Se apoyó contra el borde de la barca, cerró los ojos, tarareó la ópera y pensó que no estaría nada mal comerse un rico plato de pasta.

(continuará…)

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Un comentario en “Augusto, el rey (cap. 2)

  1. Y bueno, ahora me quedo esperando la 3ra! Muy bueno 🙂

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