Augusto, el rey (cap. 1)

El corcel negro se abalanzó sobre la montaña subiéndola como si fuese lo último que haría en su vida. Sobre él, Augusto de Mora de Luxemburgo gritaba como un poseso. Su misión era entregar el mensaje a la reina Isabela “cueste lo que cueste” tal como se lo había ordenado su amo, el rey Henrique VIII.

A Augusto no le faltaba valor. Le faltaba una pierna. También le faltaba un ojo y le faltaba terminar la escuela. Pero nada de eso hizo mella en su confianza sino todo lo contrario. Quizás pecaba de autosuficiencia ya que consideraba que su destino sería reinar en algún reino que no sabía donde quedaba pero que lo encontraría algún día.

“Ser cojo no es un defecto sino una virtud” siempre decía y agregaba “después de todo, fue lo que hizo que el Papa me hablara de frente”.

Sin entregar los detalles del encuentro, esa frase era una verdad exacta. El 13 de Febrero de 1533, Augusto estaba muy contento: su perro Taciturno había ganado su carrera contra el perro del carnicero y había conseguido una res entera que alcanzaría para alimentar a su madre moribunda durante mucho tiempo. Estaba extasiado Augusto. Saltaba en una pata (porque no le quedaba otra) festejando su triunfo cuando el carnicero, envidioso como pocos, lo empujó.

Augusto, el hombre con destino de rey, cayó rodando por la calle principal hasta desembocar en la plaza de la ciudad donde el Papa estaba dando una misa para todo el pueblo. En su intento por pararse, Augusto se apoyó en los testículos del trompetista real quien al recibir tremenda presión en la zona más sensible de su anatomía, hizo sonar la trompeta.

El Papa, creyendo que estaba haciendo su ingreso el rey Henrique VIII, detuvo su alocución e hizo una exagerada reverencia en dirección a Augusto.

“Oh rey maravilloso, oh gran misericordioso señor de nuestras tierras, seas bienvenido. Pasad, venid, sumaos a la arenga papal. Tu eres nuestro señor y nosotros debemos ofrecerte lealtad y asiento. Levantaos, lacayos, dejad lugar. Sentaos majestad, posaos sobre el cojín. Avanzad, avanzad” exclamó el Papa, confundido.

Todas las miradas de la muchedumbre apuntaron a Augusto quien aún tenía su mano apoyada sobre los testículos del pobre trompetista.

“Estem… gracias Papa por tremenda bienvenida” intentó Augusto. “Tú decideis si debo ingresar a esta plaza o si mi deber es mantenerme afuerais. Vereis vos si yo soy digno y si honoreis tu presencia con la mía. O no” cerró Augusto, quien nunca logró entender el idioma real, levantando el brazo izquierdo, apuntando con el dedo índice hacia el sur.

El Papa, percatándose del malentendido, pensó alguna salida elegante para tamaña confusión. Él, que era el mensajero de Dios en la Tierra, no podía darse el lujo de equivocarse de esa forma. Cualquier asno podría darse cuenta de que si no podía distinguir entre lacayo común y corriente y el rey Henrique VIII, mucho menos lograría transmitir a ciencia cierta el mensaje divino.

Se acomodó el monóculo y dió un respingo en su asiento bañando en oro. Tenía frente a sí a un pordiosero que, además, era cojo y tuerto.

Lo miró detenidamente tratando de buscar las palabras adecuadas para enfrentar a su pueblo que lo miraba extasiado mientras Augusto avanzaba hacia él.

Con mucho sigilo, Augusto se arrodillo y besó al Papa en el anillo dorado pensando en qué decir. En ese momento, esos dos hombres, tan lejano uno de otro, con tantas pocas cosas en común, compartían un mismo pensamiento. No sabían qué era lo que debían hacer.

El primero y el único en hablar fue el santo padre. Se incorporó de un salto haciendo estremecer a Augusto quien lo imitó. Apoyó su mano derecha sobre el hombro de Augusto y habló señalándolo con el dedo pulgar de la izquierda.

“Pueblo, queridos cristianos, sumisos seguidores de la fe de nuestro señor, vean aquí a la muestra de la perseverancia. Vean a la persona que no se dejó vencer por la adversidad ni por su destino fallido. Un hombre más allá de la corona. Ved frente a ustedes, pecadores, a un ser humano que se levantó ante el infortunio. Sed como él. Sed fieles. Sed es lo que tengo” comenzó el Papa quien aprovechó para tomar un sorbo de vino santo del caliz del que años atrás había bebido San Tedeo.

Augusto extendió su mano derecha pensando que el Papa le daría de tomar pero no. El hombre elegido por sus pares para reinar sobre la cristiandad toda apoyó la copa de oro sobre la cabeza de uno de sus monaguillos papales y continuó, confiado: “Este hombre, ¿es pobre? Si. ¿Es inculto? Si. ¿Tiene el olor de los cerdos al despertar luego de dormir cuatro meses a la vera del estiércol? Pues claro. Pero, ¿hizo eso que cegara su anhelo de gloria y victoria? No. ¿Lo detuvo? Claro que no, Dios misericordioso, claro que no. He aquí el ejemplo de la superación. He aquí al rey de los ciegos: el tuerto”.

La multitud estalló en ovaciones y vítores. Frente a ellos estaba el héroe, el hacedor de la frase que escuchaban desde niños.

Augusto miró al hombre de la túnica blanca que tenía a su lado, perplejo. El Papa le guiñó un ojo, le palmeó la espalda y le susurró al oído: “De la que nos salvamos, rengo, ¿eh?”

(continuará…)

Anuncios

2 comentarios en “Augusto, el rey (cap. 1)

  1. Que imaginacion que tenes hi… de p…..
    Buenisimo

  2. Está visto que tenés talento. Estaría genial que lo encontraras y lo usaras. Entre tanto el humor te funciona. Cuando saques el libro … ¿lo voy a tener que comprar o me lo vas a facilitar? Mas aún, con el auspicio de PlayMobil podrías hacer una película stop motion que sería todo éxito. Jolly Molly.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s