La columna

“Si te encuentras buscando algo que no logras hallar, pregúntate si realmente buscas o simplemente evitas” me dijo Wasington Duvobe una fría mañana de Febrero. Era fría no por las condiciones atmosféricas sino porque estábamos encerrados en una cámara frigorífica y no encontraba la llave para poder salir de allí.

Cuando finalmente logramos escapar del encierro, miré a mi maestro quien se había quedado petrificado en la puerta del gigantesco freezer. “Cuando miro a las reses colgadas de esa forma, me recuerda mis viajes en tren una mañana cualquiera de Julio” dijo mientras cerraba la puerta dejando el frío y las vacas muertas adentro.

“Ojalá en la vida uno pudiera o pudiese cerrar una puerta y que sus temores queden atrapados” fueron sus palabras.

Lo acompañé hasta el ascensor y, mientras las puertas se cerraban, Duvobe expresó con sus ojos empañados por alguna lagaña traicionera lo que luego sería el prólogo de su “Manifiesto que me manifiesto” con los que tantos premios lograría algunos años mas tarde: “El ascensor es como la vida misma. Un día te encuentras en la cima y, sin saber bien por qué y sin que tu lo decidas, empiezas a bajar hasta el sótano mas profundo.”

Me di media vuelta y me choqué con la realidad: había una columna que no había visto. Instintivamente esbozé un “perdón” dirigido a la pared de concreto armado (¿existe el concreto desarmado?)

Aún tambaleando por el golpe, viendo estrellas fugaces delante de mi producto del frentazo, alcancé el pomo de la puerta más cercana y lo giré. Al entrar me encontré con Pedro Bread, una eminencia en terapias alternativas, que estaba dando una de sus famosas conferencias “Sálvese quien pueda”. En esa ocasión relataba casos de éxito de personas que se creían perdidas y que se encontraron. En realidad los que las encontraron fueron los policías asignados a cada caso en particular pero Pedro Bread omitió ese detalle en su presentación. “Lo importante es que el que busca, encuentra” decía y agregaba “Todos los que se encontraron luego de una búsqueda compraron mis libros. No sea uno de ellos. Compre mi libro y no se pierda”.

El caso que exponían ese día era el de un hombre que se había perdido por la bebida. Un tomador incurable, un hombre que había dejado a su familia y se había entregado al placer del alcohol. Un caso perdido. L. J. O’Higgins era el caso testigo de un hombre que se pierde por la bebida.

Había salido a comprar dos cervezas sin conocer el barrio y se perdió cuando regresaba. Tardaron dieciocho años en encontrarlo. Cuando lo hallaron, había puesto un maxi-kiosco en las afueras de Alta Gracia, Córdoba, en Argentina y le iba muy bien vendiendo brújulas hechas con caracoles.

Pedro Bread lo había llevado para que cuente su caso y que sirva de lección para todos los presentes. Y para los futuros también. “Vean a este hombre…” alertaba Bread a su atónita audiencia señalando con el dedo meñique de su mano derecha a O’Higgins “este hombre tiene que servirles de ejemplo de lo que no se debe hacer. Este hombre, damas y caballeros, este hombre salió de su hogar para ir a comprar alcohol. Este hombre… si, este hombre, se fue de su casa, de su morada… o fucsia… no recuerdo bien el color pero no viene al caso. Este individuo, señoras y señores, caminó cuadras y cuadras hasta conseguir lo que quería: alcohol señoras y señores. Al-co-hol. Grave error, hombres y mujeres, grave error. No repitan el error que ha cometido este individuo. Aprendan, saquen provecho, absorban y no caigan en lo mismo. Cuando salgan a comprar licor… LLEVEN LA DIRECCIÓN. A ver si se avivan…”

Volví a girar pomo de la puerta cerrándola detrás de mi y, cuando me iba, le guiñé el ojo a la columna y le dije: “Vos sos la única que tengo para apoyarme. Gracias”.

Mientras el ascensor bajaba, todavía retumbaban en mi cabeza las palabras de Duvobe.

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