La frase

“Repita Garismondia” dijo la maestra. “No” respondió el nene tratando de no soltar una lágrima traicionera que pugnaba por dejar su lagrimal izquierdo para caer, inexorablemente, sobre su cuaderno.

“Garismondia… es sencillo, repita la frase y terminemos con esto” insistió comenzando a perder la paciencia “No es tan complicado, son cuatro palabras y listo”.

“No” ni dudó en replicar el pequeño. Internamente sabía que con decir lo que la maestra le pedía se evitaría tiempo y retos. Pero no daría el brazo a torcer. Pese a su corta edad, ya tenía principios. Es que a los siete años una persona tiene más principios que finales.

“Dígame por qué, Garismondia. Mejor no me diga por qué. Dígame lo que le pido. Está escrito en el pizarrón, ni siquiera tiene que acordárselo de memoria, Garismondia. ¿Qué le pasa? ¿Le comieron la lengua los ratones, Garismondia?”

El alumno miró largamente las cuatro palabras escritas con tiza blanca sobre el pizarrón verde solamente en mayúsculas. Se concentró en las rajaduras de la pizarra siguiendo algunas grietas desde su nacimiento hasta los extremos. Pensaba en dejar su orgullo de lado y leer lo que la maestra le exigía. Lo pensó nuevamente pero no se resignaba a decir lo que no sentía. Era una deformación de nacimiento y lo seguiría a lo largo de su vida, que sería exitosa. Estaba en desacuerdo con esa frase tanto que no podía mentir ni mentirse y decirla. La voz de su maestra lo sacó de sus cavilaciones como una red saca al pez de la pecera.

“Alumnos… acá el señor Garismondia no quiere leer. ¿Saben qué? por uno se joroban todos. Entonces nadie se va a ningún lado hasta que su compañero lea lo que le pido. ¿Está claro? no hay recreo para nadie, no hay gimnasia para nadie. Nada. ¿A ver, Garismondia, si es tan cancherito ahora?”

Se había complicado la situación. Ya no se trataba de uno contra el otro. Del poder contra la plebe. Ahora era todos contra todos. Sentía la mirada de sus compañeros, hasta hace poco sus amigos, juzgándolo como si no lo conocieran. No esperaba otra cosa. La maestra había logrado lo que quería. Su decisión no lo involucraba solamente a él sino que cualquier cosa que hiciera impactaría sobre el resto de la clase. Miraba hacia abajo para no cruzar mirada con nadie. En ese momento notó que los cordones de su zapatilla derecha estaban desatados. Nunca había entendido por qué le decían “cordones” cuando era uno solo que daba toda la vuelta. Había discutido largamente en su casa ante el “atate los cordones” porque no eran dos sino uno solo. Deberían decirle “atate el cordón” pero no usar el plural. Recordar esa anécdota le dió fuerza para resistir esta nueva injusticia. Levantó el mentón lo mas que pudo, tragó saliva y espetó un “No estoy de acuerdo con esa frase, señorita” que retumbó en el aula.

Aún con el “ita” rebotando cual eco en las frías paredes del salón, la maestra no sabía qué hacer. Jamás, en sus treinta y seis años de ejercicio docente, le había sucedido algo como esto. El pequeño resistía estoico sabiendo que llevaba las de perder. Si ella cedía, dejaría el antecedente. Pero si presionaba podían quedarse a vivir en el aula. La vista periférica le indicaba que los demás alumnos dudaban. Ya no odiaban tan claramente a Garismondia. Estaban sopesando la posibilidad de unirse a su causa y eso la complicaba. En el fondo, Mariela Doefialtuko estaba llorando. Esa nena nunca le había caído bien. ¿Valía la pena seguir presionándolo?

“Lea Garismondia, lea y nos vamos todos” intentó ya sin el ímpetu inicial. Eso Garismondia lo debió haber sentido porque su expresión cambió. La mirada era firme, sin las lágrimas iniciales. Había triunfado y se lo estaba diciendo solamente con sus ojos. La maestra intentó mantenerse firme pero no lo logró. En el patio, la celadora hizo sonar la campana que anunciaba el inicio del recreo. Todas las miradas se concentraron en ese diálogo sin palabras entre Garismondia y la maestra.

“Vaya Garismondia, por esta vez se la dejo pasar pero…” dijo la docente sin poder terminar porque el bullicio de los chicos saliendo hacia el recreo se lo impidió. Garismondia se quedó sentado, ordenando sus útiles. Ella no supo si saludarlo o no. Guardó sus cosas convenciéndose con un mentiroso “Mejor, así aprovecho para ir a la peluquería” y salió del aula.

Garismondia se paró y salió al recreo. En el pizarrón, con letras blancas sobre fondo verde, “mi mamá me mima” lo vió partir.

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8 comentarios en “La frase

  1. …sos bien bravo, piel de gallina me quedó y no pude evitar escribir para felicitarte! sabélo!

  2. Muy bueno Max, me gusto mucho… 🙂

  3. pense que era “mi mamá me ama”. Que lastima que cada vez es más comun esta realidad, y para los pibes pasa desapercibida como algo en el pizarron.
    Excelente che.

  4. Excelente Max.
    Me encantó (al 100%).

  5. Muy bueno!

  6. De ahora en mas “me ataré el cordón”, como corresponde.

  7. para cuando el libro de max?
    esto es muuyy buenooo!!!!

  8. Muy bueno!
    descubri hace poco este sitio…
    y espero que me siga sorprendiendo! (eso es meter presion???)
    besos

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