Felisa, me muero

Sentado en el borde de la cama, Cachi pensaba si valía la pena ir a lo de la Tota para festejar año nuevo. Después de todo: ¿qué tanto había para festejar? La Tota estaba embarazada, pero ya la había felicitado hace cuatro meses. El Lolo cambió el auto y ya había ido a San Bernardo a ablandarlo en Julio. Volvió con dos gomas pinchadas y un resfrío que tardó dos meses en curárselo. También… ¿a quién se le ocurre ir a San Bernardo en Julio?

¿Vale la pena saludarse como si fuera el fin del mundo si al otro día se volverían a ver para almorzar como si nada hubiera pasado? Encima con el calor que hace y el turbo engañador. Si uno se dejara llevar por el ruido que hace, creería que larga más viento que una turbina de avión. Pero no, es puro ruido. Como Paulo, el mecánico, que se la pasa gritando pero ladra y no muerde.

Cachi se levantó, miró el reloj y no se acordó si le había dado comida a los peces. Por las dudas, les tiró un pedazo de lechuga de la tortuga. “Si tienen hambre en serio, van a comer lechuga” pensó mientras buscaba la ojota que le faltaba debajo de la cama.

Todavía tenía que preparar la ensalada rusa y el pionono para la cena. Porque a la Tota le encantaba el pionono relleno con mayonesa y cuanta mierda haya a punto de vencer en la heladera.

Prendió la radio para escuchar un poco de música mientras Rodolfo, el gato, maullaba pidiendo un poco de leche. Lo miró y le tiró un pedazo de pionono crudo. “Si tiene hambre en serio, va a comer el pionono”. Se rió de su repetición y se metió en la ducha.

Mientras el agua se le metía en cuanto orificio encontraba, el shampú para diluir que había comprado en el supermercado chino le hacía arder los ojos. Ese ardor le hizo acordar a Raúl, su cuñado, que se empecinaba en apuntar a la araña de la casa de la Tota con el corcho de la sidra.

Definitivamente no tenía ganas de reunirse para fin de año. Menos sabiendo que iba a ir Roberta. A ella sí que no podía verla. Desde que le dijo que lo quería solamente como un amigo, ya nada fue igual. Roberta sabía que el Cachi estaba muerto por ella y se aprovechaba. “Traeme esto” “llevame aquello”. Y él iba y traía esto y llevaba aquello como perrito faldero.

De pronto, el teléfono lo trajo a la realidad. Corriendo, mojando todo el patio, llegó justo para escuchar la voz de Beto, el esposo de la Tota, que le dictó los gustos del helado para la noche.

¿Crema del cielo había dicho? ¿A quién se le ocurre pedir Crema del Cielo, gastando uno de los cuatro gustos que entran en el coso del telgopor donde sirven el helado? ¿Tenés solamente cuatro tiros y gastás uno en Crema del Cielo?

Volvió a la ducha para enjuagarse el jabón y afeitarse. Mientras buscaba generar espuma con la brocha, se acordó de Tute, su viejo, que siempre le decía que lo importante eran los amigos y la familia. Y, de pronto, lo extrañó.

Se miró al espejo y se descubrió detrás de la bruma de la ducha. Por un segundo hubiera jurado que era su papá pero no, era él. Cachi decidió en ese momento que le pondría aceitunas al pionono. A la Tota no le gustaban pero a él si.

También resolvió que sería él el encargado de abrir la sidra y que apuntaría al medio de la cabeza del cuñado. Le pediría al heladero Pistacho Granizado en vez de la Crema del Cielo y mandaría a cagar a la Roberta.

Quizás Tute, su viejo, tenía razón. Efectivamente eran importantes los amigos y la familia. Se rió y, detrás de la puerta, encontró la otra ojota.

Estaba de suerte. Después de todo, sería un gran fin de año.

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