El que ríe último… pierde el trabajo

Comprar medialunas para el desayuno no es una tarea complicada. Incluso hasta se podría decir que es bastante sencillo: llegas a la panadería, hacés tu pedido, pagás y te vas. Hasta allí parece una tarea que podría cumplir cualquier niño de más de tres años.

El problema aparece cuando alguien decide correr una maratón que cruza toda tu ciudad metiéndose en los barrios más complicados, dando vueltas por cada cuadra. Entonces el gobierno de turno decide cercar a todo el mundo para que no moleste a los corredores.

Entonces yo, que quería comprar seis medialunas de manteca, teniendo la panadería en la vereda de enfrente tuve que caminar doce cuadras para poder cruzar y volver hasta la panadería. El gran tema fue que, cuando llegué nuevamente a mi casa, ya era la hora del almuerzo y (además) me había comido las medialunas en el camino.

En ese devenir inter-barrial, me crucé con un indignadísimo Michael Wheel, un amigo, quien despotricaba contra Macri por la organización de la maraton al grito de “Después no se quejen, esta lengua hace karate”. Yo quise contestarle algo pero me había atragantado con el azúcar que tienen los vigilantes sobre la crema pastelera. El error fue dejarme tentar por esa delicia de factura y, al ver venir a Michael, apuré el mordisco y allí me atraganté.

Michael me miró y se tentó mucho. Tanto que no pudo ayudarme. Aunque sea dándome esos golpecitos inútiles en la espalda que lo único que logran es incomodar aún más al atragantado que no solo tiene que luchar contra la falta de aire sino que, además, le duele la espalda de los golpes que recibe.

Con las clásicas lágrimas en los ojos producto de la subida del azúcar por la nariz y el posterior descenso por dicha vía, me quedé conversando con él sobre la gente que se tienta y no puede resistirlo. Michael me hizo acordar de un caso verídico de hace algunos años cuando un periodista de algún país europeo entrevistó a dos personas víctimas de la negligencia médica. Una quedó en silla de ruedas y el otro con voz de pito imposible de creer. El periodista se tentó tanto pero tanto pero tanto que no solo perdió el trabajo sino que su carrera.

Apenas llegué a mi casa, en mi mail, Michael me había enviado el video en cuestión. Se los dejo a continuación. Tiene subtítulos en inglés para que entiendan un poco más pero más vale la pena el audio. Digo, si no sabe inglés lo va a entender igual.

Suba el volumen, ajústese los cinturones y POR FAVOR no coma nada que se va a atragantar. Se lo aseguro:

Max

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Un comentario en “El que ríe último… pierde el trabajo

  1. ajajajaj la verdad que todos pasamos por risas incomodas… pero este muchacho se gano el premio máximo.
    jajaja bueno y ya que dan el espacio digo…
    No al bobo de macri, no a las maratones, no a la vida sana, si a los asados repletos de colesterol (del malo digo), si a las panaderias y a las facturas gloriosas…… shalu!

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