Cantate la falta

“Falta envido” gritó Papota apuntando con el índice a la nariz del Loro.
“Che… gracias por preguntar si tengo algo ¿eh?” le reprochó El Gordo Gimenez
“Vos cerrá el culo” casi que lo ninguneó Papota y, sin dejar de mirar fijamente al Loro siguió “¿Y? ¿Qué decís, gil a cuadros? ¿Te cagaste, no?”

El Loro no sabía qué hacer. Empezó a transpirar como aquella vez que, en la secundaria, la Mamati le preguntó si sabía o no sabía en qué año se había declarado la independencia. Ese día el Loro se jugaba el año. Ya era la cuarta vez que repetía el año y quedaba desproporcionado con relación a sus compañeros. Si esa apurada de Papota le hizo recordar aquella tarde trágica estaba en problemas. Porque el Loro respondió cualquier cosa a la Mamati y volvió a repetir.

Del otro lado de la mesa, su compañero miraba la tabla de conteo preocupado. Si perdían “la falta” eran boleta. A ellos les alcanzaba para ganar. Levantó al vista y se cruzó con la mirada del Loro que le suplicaba desde lo más profundo de su ser que lo ayudara.

Mientras tanto, Papota lo chicaneaba con un hiriente: “¿Qué te pasa Loro? ¿Necesitás que Virola te limpie la colita? FALTA ENVIDO dije”

En ese momento no había vuelta atrás. Después de esa afrenta, el Loro no podía otra que jugársela. Virola lo miró y lo primero que recordó fue cuando tuvieron que cantar en el acto del 25 de Mayo y al Loro se le olvidó la letra faltando dos minutos para salir a cantar. Le pidió permiso a la profesora de música para ir al baño y se fue de la escuela. El problema es que se llevó las escarapelas para repartir. Nunca fue bueno el Loro para tomar decisiones.

En realidad nunca fue bueno para tomar. Y punto. Todavía se recuerda en el barrio cuando festejaron el ascenso de “La estrella de Pompeya” a la divisional barrial y el Loro se pasó de canchero tomándose seis vasos de granadina mezclada con fresita y vino tinto de damajuana. Los gritos “Pompeee, Pompeee, el campeón ahora se va a vé” quedaron grabados en la cabeza de todos los que estaban en el gimnasio del club. Porque el Loro quiso dar la vuelta olímpica entre las mesas pero desnudo.

“Vamos vamos querido… jugate una vez en tu vida. Falta en-vi-do” le insitía Papota ahora pegándole con el dedo en la punta de la nariz.

“Mirá si hubieras aprendido a separar en sílabas así en la escuela. No hubieras reprobado nunca, Papota” intentó Virola apaciguar

“¿Ves? Tiene que defenderte Virolita… Maricón. Gordo, ganamos… este no va a querer así que anotame los puntitos” canchereó Papota.

Lo que pasó en ese instante fue mágico. La única vez que Virola vivió algo parecido fue cuando su papá ganó el campeonato de bochas con el último tiro. Le había quedado la bochita entre dos bochas del contrario. Tenía un solo tiro y estaba empatado. Si erraba, las dos bochas alcanzaban para que el contrario ganara. El papá de Virola sintió que su hijito estaba mirándolo ya perdonándole no ganar. Pero no se rindió: tiró su útima bocha pegando en el fondo de la cancha con tal violencia que ambas bolas contrarias se abrieron solas dejando a la pequeña bochita indefensa y solitaria. Cuando se estaba por declarar empate técnico, la bocha del papá de Virola comenzó a rodar como por arte de magia hasta apenas besar a la pequeña como consolándola. En ese momento se produjo un silencio tan fuerte que varios se metieron el dedo en la oreja para chequear si estaba tapada o no. Virola miró a su viejo, que se había quedado con la pose del tirador experto. No se había movido un centímetro de su lugar. Movió solamente su cabeza para que sus ojos quedaran en la misma altura que los de Virola y simplemente le guiñó un ojo.

Virola movió la cabeza sacándose los recuerdos porque en esa mesa de truco estaba por pasar algo que le contaría a sus nietos muchos años más adelante. El Loro se paró dejando las cartas sobre la mesa boca abajo. Caminó hasta la ventana del bar con las manos agarradas detrás de la espalda y, asintiendo, dijo: “¿Así que cantás la falta? ¿Te gusta la falta, no? La falta de compromiso te gusta a vos, Papota. La falta, el ful, porque vos siempre vas deseal en el fútbol. Y así sos en la vida, Papota. ¿Querés que te responda? ¿Querés que te diga si acepto tu desafío? Te falta media hora de horno, no un jugador solo sino los once titulares y los cuatro suplentes te faltan”

Para ese momento la boca de Papota estaba tan abierta que hubiera podido pasar un tren bala. El Loro hablaba tranquilo, sin inmutarse, mirando por la ventana como pasaba la gente. Adentro del bar, el Gordo y Virola estaban igual que Papota.

“Yo te voy a decir algo Papota. Te falta tanta calle que cuando vos vas, yo ya fui y vine dos veces. Y no te falta envido porque si algo tenés es envidia. Envidiás que todos hayamos formado una familia y vos no. Envidiás que el Gordo se haya fifado a la Claudia en el living de tu casa y no te haya dicho nada.”

El Gordo escupió el grisín que había empezado a comer. Miró a Papota como para ensayar una disculpa pero se dio cuenta de que  estaba absorto con lo que el Loro le estaba diciendo. Aprovechó la volada y le hizo la seña a Carlomagno, el mozo, para que le traiga una vuelta más de salamín y queso.

“Te falta memoria también. Porque ¿te olvidaste ya que yo te enganché tocándole el culo a la mamá de Virola cuando estaba colgando la ropa en la terraza y vos te hiciste el que la ayudabas?”

La mamá de Virola tenía fama de rápida. Pero de ahí a dejarse tocar el culo por Papota había un largo camino. Virola miró a Papota pensando si lo cagaba a piñas o lo felicitaba. No tuvo tiempo de decidirse. El Loro estaba caminando hacia la mesa, aún con los brazos detrás de la espalda. Aguantó la respiración. No podía perder esa partida de truco. No a esta altura.

“Entonces Papota” redondeó el Loro “antes de decirme a mi si me falta esto o aquello, limpiate los mocos, no te mires al espejo porque en esta foto no salís, no saltes que no sos langosta y fijate que tenés la farmacia de turno”

Cuando Papota bajó la vista hacia su bragueta en busca del cierre pensando que tenía todo al aire, el Loro dijo: “Ah… me olvidaba, quiero. Treinta y tres. Y soy mano”.

Dio vuelta las cartas, lo miró a Virola mientras le daba una palmada en el hombro y se fue del bar. Nunca más lo vieron al Loro. En el bar todavía guardan las dos cartas de la victoria. En un cuadrito están el siete de copas y su seis, acompañando la epopeya. Papota se tuvo que mudar y el Gordo y la Claudia tuvieron mellizos. Virola sigue con su taller y Carlomagno, lo miércoles, cuelga el cartel anunciando su “Guiso Papota” que dice: “Cómase los 18 porotos como hizo Papota”.

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Un comentario en “Cantate la falta

  1. En dos palabras:
    Espec – Tacular

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