¡ Que suerte para la desgracia !

El otro día iba caminando cerca del parque Centenario cuando una paloma me cagó en el medio del marote con una puntería que envidaría cualquier tirador profesional. Ni tuve que tocarme la cabeza para saber que se trataba de un sorete de paloma. Pero no de cualquier paloma, no. Esta debería tener algún problema estomacal porque la torta que casi me saca la cabellera (poca pero cabellera al fin) era de tal magnitud que si su hijo cumpliría quince años le sobraría lugar para las velitas y una cancha de fútbol de once jugadores por lado.Cuando recibí el golpe, me quedé quieto. No por la sorpresa sino porque tenía miedo de que se me desparramara por el cuello y se me metiera por la camisa y bajara por la espalda. Mientras decidía qué movimiento haría a continuación, un viejito que pasaba y que seguramente vió toda la secuencia me dijo “Dicen que eso es suerte”.

Yo lo miré sin mover la cabeza pensando “si esto es suerte y pisar mierda también, ¿qué es cuando te ganás la lotería?”. Mis movimientos eran similares a uno de esos acróbatas chinos que tienen en su cabeza a tres chinitas haciendo equilibrio. Eran movimientos estudiados, casi cronometrados, pensados hasta el último milímetro.

Mientras decidía qué hacer, ví venir un grupo de siete adolescentes a los gritos. Quizás haya sido la envidia por el tiempo que pasó. Quizás el tiempo fue más malévolo conmigo de lo que yo pensé. No lo sé. Lo cierto es que esperé como espera un cazador en medio de la selva por su presa. Esperé como espera el jabalí blanco nabucodonosor a su hembra para aparearse.

Creo que mi cabezazo fue mas certero que aquel frentazo de Nicola Di Nicola, el genial centrodelantero italiano que jugaba en Sportivo Lacurda, en la final del torneo intercontinental y que significó el descuento al 10 a 0 para llevarlo a un peleadísimo 10 a 1.

La inercia hizo el resto: la torta palomar salió despedida enterita. Tan brusco fue el movimiento que me dejó la cabeza limpísima, como si nada hubiera pasado. El impacto dió de lleno en la cara de uno de los púberes que estaba en ese momento gritándole a una señora mayor porque no podía pasar. Fue una escena digna de “Los Tres Chiflados”.

Mientras los pibes se miraban sin entender lo que había pasado, yo me fui silbando bajito el tema de mi amigo Pepe Lagrotería: “Te silbo por no llorar” que narra la historia de un hombre que, extrañando a su madre que muere al ser comida por un león en una visita al zoológico, la recuerda silbando.

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