Tántrico sexo hace mal

Hace tiempo estuve cenando con mi profesor de sexo tántrico, Lolo Castinati, quien me dijo algo que me llamó la atención. Me miró mientras se untaba un aceite de búfalo londinense en su muslo izquierdo y, con un ojo cerrado y uno abierto (dicen que con eso la erección se prolonga durante doce minutos más), me dijo: “Esta sociedad es una hipocresía andante, hay que poner los puntos sobre las ies… porque en las equis sería un quilombo”.

Yo asentí mientras pensaba en un tigre saltando encima de una pelota de cristal porque con eso mi miembro alcanzaría dimensiones nunca antes vistas. En ese momento nos trajeron la comida. Se trataba de un riquísimo pollo con pétalos de cactus sin pelar. El pollo estaba cubierto con una salsa de queso azul del Mar Martirio, en Basilea, Suiza.

La combinación de sabores imitaba el olor que desprenden las aves utópicas del África oriental cuando están en celo. Comiendo dos veces por día ese platillo más doce copas de vino verde de Salta, Arabia Saudita, hacía que las relaciones sexuales se prolongaran durante horas. El problema es que nadie soportaba de pie más allá de la cuarta copa con lo cual pocos pueden dar fe de la eficacia de dicho método.

Con un trozo de pollo en la boca, Lolo me dijo: “Es increíble como cambia la percepción según la mirada del hombre o de la mujer, ¿no es así?”

Yo lo miré intrigado, como preguntándole mucho más de lo que mis labios eran capaces de preguntar. Mis labios no podían, en ese momento, emanar palabra alguna pero no por la emoción sino porque yo soy alérgico al queso azul y los tenía tan hinchados que era imposible emitir sonido.

Lolo Castinati me extendió un papel con la frase: “Una mujer sin su hombre no es nada“.

Volví a mirarlo casi con lágrimas en los ojos. Esas lágrimas no eran fruto de la emoción por alcanzar el karma sexual sino causa de los delicados pinchos del cactus en mi lengua.

Lolo me miró y, extendiendo un papel, me explicó: “Le pedí a un discípulo, Alfredo Koto, que puntuara correctamente esta frase. Y él hizo eso que lees allí”.

Miré la hoja y leí: “Una mujer, sin su hombre, no es nada“.

Esbozé una leve sonrisa, tratando de que mi gesto sea elocuente. Pero fue imposible porque el vino ya había comenzado a hacer efecto y lo único que pude hacer fue decir “¿mi dinero no vale?”

Él cotejó mis pupilas y, al verlas bien y enteras, prosiguió. Retiró de su bolso otra hoja y me la pasó. Mientras yo la tomaba con mis manos temblorosas, Lolo Castinati me dijo: “Hice el mismo ejercicio con Ludercia Lopez, mi alumna favorita, y ella incluyó su propia puntuación”.

Lo leí tres veces. Las dos primeras porque no llegaba a ver nada con tanto vino corriendo por mis venas. Pero la tercera hizo que parpadee ocho veces. Lo que leí fue: “Una mujer sin su hombre. No es nada

“Eso quiere decir que ellas no necesitan de él. Que no es nada, que pueden seguir más allá sin la necesidad de un ser masculino a su lado” acotó.

Yo lo miré fijamente. Durante treinta segundos pensé que estaba en frente de mi padre. Pero me dí cuenta de que no podía ser porque mi padre nos había abandonado cuando yo tenía dos años yéndose con un leñador a vivir a Hungría del oeste. Cuando mi mente, perturbada por las espinas del cactus, el vino, el queso y las galletitas de lima limón que había desayunado me confirmó que estaba frente a Lolo, supe que estaba en problemas.

Recuerdo que me levanté. Recuerdo que levanté también mi dedo, apuntando al cielo, y dije algo como “cantinero, una vuelta para todo el mundo”. También recuerdo que le dije algo como “Vos y el sexo tántrico se pueden ir a puntuar la frase de tu abuela”.

Y no recuerdo más. Cuando me desperté, habían pasado veintidós días. Me dolía todo el cuerpo y, además de mi billetera, también me faltaba mi auto y mi anillo.

El enfermero que me atendía me dijo: “¿Que le pasó, compañero?”

Lo miré como quien mira a un extraño. De hecho lo era porque no lo conocía. Le tomé la mano y sentí la rugosidad de la piel en las yemas de mis dedos. Por un instante lo dudé. Pero no. El sexo tántrico no es para mí.
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