hola… ¿Amsterdam? | Capítulo 7: Manolete, el corto

En numerosas ocasiones me consultan sobre mi fugaz (pero intenso) romance con la española Angustias del Monje y Belén. A esta niña la conocí en una corrida de toros en Barcelona, Ecuador. Fue allí cuando el torero realizó la corrida más espectacular que se haya visto en tierras ecuatorianas. Primero se paseó como nadie por la arena. El silencio del estadio era tan fuerte que no se oía nada. El valiente caballero caminó desde una punta a la otra haciendo gala de su pecho erguido y su fina estampa. Lo llamaban Manolete, el corto. Y no era caprichoso su apodo ya que Manolete (que en realidad se llamaba Luis Fioravantti) era enano.

Era por demás complicada la faena del torero Manolete, el corto, ya que le costaba mucho cortarle las orejas al toro. Y mucho más complicado era dar los giros y que el toro pasase por debajo de su capa. En muchos casos giraba subido a un pequeño taburete y aún así el toro lo ignoraba. Incluso un frío día de otoño, el toro se aburrió de esperar a que apareciera el torero y se durmió. En ese momento Manolete, que nunca se había movido de su lugar, solamente tuvo que acercarse y hacer su trabajo. Pero aquel día en que conocí a Angustias del Monje y Belén todo fue muy distinto. Para empezar era verano y hacía calor.

Manolete se acercó hasta el lugar donde estaba yo sentado y me ofreció una rosa. Debo decir que me llamó la atención aunque luego descubrí que la flor no estaba siendo ofrecida a quien escribe sino a una hermosa niña que estaba sentada a mi lado. Era Angustias del Monje y Belén. Ella agradeció con un leve movimiento de la cabeza y el hombre de capa roja hizo la clásica reverencia toreril. Seguro fue falta de entrenamiento o alguna distracción que hizo que el pequeño torero se mantuviera en esa posición más tiempo que el aconsejable. Sobre todo considerando que un toro estaba parado a escasos pasos de él. La cuestión fue que, como dice el poeta Gregorio Lavolpe en su libro “Poemas gauchos”: “El toro no conoce de relojes”, mientas Manolete buscaba en la arena vaya a saber uno qué cosa, el brioso animal comenzó su carrera hacia lo que sería un triste final.

Fue tan fuerte el impacto que la gorra de torero casi no se movió del lugar donde antes había estado el chiquitín. Ésa fue la última vez que se lo vió a Manolete. Lo único que quedó como recuerdo fue un molar que (caprichos del destino) cayó sobre mi falda. En ese instante, las suaves manos de Angustias del Monje y Belén se posaron sobre las mías y el suave contacto de su piel hizo que me olvidara de todo lo que nos rodeaba. Me olvidé de los gritos, me olvidé de los llantos y solo disfruté de aquel momento sublime. Nada podía arruinar esos segundos inolvidables. Salvo Angustias del Monje y Belén quien no estaba acariciándome sino robando mi anillo de zafiro azul que me regalara la bailarina árabe Zegbala Rastamira cuando visité las tormentosas tierras de Oriente Medio aquella vez que viajé para presentar mi obra de teatro en tres actos que trababa sobre un muchacho (llamado Oriente) cuyo amor era disputado por dos odaliscas. La titulé “En el medio, Oriente”.

Pero como siempre me decía mi antiguo maestro de tango: “El amor es maula mi amigo. Por más piola que sea uno, las minusas siempre se salen con la suya”. Y Angustias del Monje y Belén no era la excepción. No solo me robó mi anillo, sino que robó mi corazón. Le perdoné mil traiciones, mil desengaños y mil pesos que me pidió prestado en alguna ocasión. Pero lo que nunca le perdoné es que no me amara. Y así fue que escribí mi ópera más famosa (con música del filipino Agnes Tuazon basada solamente en instrumentos de percusión) cuyo tramo más dramático dice:

HOMBRE
Cuando cierro los ojos
temo encontrarte cerca mio
tomando lo que no es tuyo
y diciéndome
y mintiéndome
y sentándote
y comiéndote
ese bife que yo serví

ANGUSTIAS
Notas cosas extrañas
debes revisar tu actitud
ya que mi amor es sincero
como cuando te di mi virtud.
Te siento distante
no huyas de mi
que ese reloj que llevas puesto
a mi viejo le vendi

La llamé “Angustias, angustias al tenerte cerca. Me angustias, Angustias”. Superar la decepción amorosa que significó estar cerca de esta mujer me demandó varios años de mi vida. Años en los mi prosa se vió florecida por el dolor que mi corazón latía. Fue en esos años de encierro y sufrimiento donde presenté mi libro “Notas desde la cárcel”. Un escrito biográfico donde explicaba a quien quisiera leer que yo estaba preso por culpa de esa malvada que se había robado todo lo que yo tenía. Terminaba diciendo “Que sufra, que sufra esa malvada. Que llore, que llore, esa malvada”

Por suerte ya superé ese trance pero no me arrepiento de haberlo vivido. Porque fue en esa oscura celda del pabellón tres del penal número cuarenta de Quito donde pasé cinco años y conocí y aprendí a querer a Rodrigo Marcalaterra a quien apodaban “El hacedor del amor”.

Pero como siempre decía mi madre cuando yo pugnaba por seguir despierto más allá de la hora estipulada escuchando su dulce voz: “Ya no hay tiempo para más cuentos”.

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