Casamiento en puerta, ¿quién abre?

Ayer casualmente me encontré en la sala de espera de mi urólogo, el Doctor Luis del Gomes, con un amigo mío quien estaba a punto de contraer matrimonio. Él me dijo, al tiempo que hojeaba el último número de la revista “Urology Today”, “Me caso porque la quiero, pese a que me haga sufrir”.

– ¿Cómo es eso? – le dije yo inclinando la cabeza hacia la derecha porque del oído izquierdo había dejado de escuchar hacía rato. Digamos diez minutos. Odio los ascensores con capacidad para dos personas. Y más odio cuando la otra persona pesa doscientos kilos. Y ni quiero mencionar cuando la otra persona estornuda… En fin…

– Que me caso porque la quiero. Pese a que me haga sufrir. Ella me hace sufrir. Así de simple.

– Pero amigo mío, entonces, ¿para qué se casa? – atiné a preguntar parpadeando levemente. Porque me molesta que las personas escupan cuando hablan. Y más me molesta que las personas que escupen cuando hablan, me hablen a mi. Y mi amigo, escupía al hablar.

– Porque la quiero. La quiero cuando me mira, la quiero cuando respira, la quiero todo el día y la quiero toda la noche. La quiero porque la quiero. Y porque la quiero, la quiero. ¿Me explico?

– Se explica. Pero, ¿Por qué sufre entonces? – fue lo único que pude agregar a tal demostración de amor

– Porque el amor, amigo mío, es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Y yo, la busqué y la encontré. Y ella me aceptó. Pero aún así me hace sufrir. Porque sufrir es sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo. Y yo siento físicamente un daño al no estar junto a ella, un dolor a cerrar los ojos al irme a dormir, una enfermedad cuando paso un día sin verla y un castigo… – si para entonces mi amigo estaba confundido, en ese momento ese hombre atormentado por el amor se partió en un sollozo al decir – ¡ Un castigo al no besarla !

Ya es un tanto especial ver a un hombre llorar. Ni hablar verlo llorar con la sonda urinaria saliendo de su pantalón a la espera de la muestra de orín con el que el Doctor Luis del Gomes haría, seguramente, maravillas. Lo único que pude hacer es acomodar el frasco receptor para que no se volcase el contenido (gesto que me agradeció con un guiño de ojos) y sentarme a su lado y esperar. Esperar mi turno.

Cuando finalmente me tocó a mi y estreché las frías manos del Doctor Luis del Gomes, lo miré con cariño. El cariño que se le puede tener a un hombre que está a punto de unirse a una mujer a quien ama profundamente. Mi amigo se casa dentro de unos días. Será feliz seguramente. Y eso no es poco. Alguna vez leí que la felicidad es “Satisfacción, gusto, contento”. Yo creo que mi amigo cumplirá con eso y mucho más.  Espero que le vaya bien. Se lo merece.

Ah… al final el Doctor Luis del Gomes (proveniente de la parte baja de Portugal), autor de innumerables obras académicas y vendedor de pirulines en sus ratos libres, no me encontró nada. Gracias por preguntar.

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