El baúl

Alguna que otra vez me encontré en situaciones en las que no sabía bien qué hacer. Especialmente recuerdo aquel día en que me quedé accidentalmente encerrado (¿hay otra forma de quedarse encerrado que no sea accidental?) en el baúl de un Ford Falcon modelo 76 con mi amigo, el “gordo” González. Estábamos jugando la final barrial de mancha venenosa por equipos. El “gordo” y yo estábamos en el mismo grupo.

Habíamos llegado hasta la instancia definitoria y debíamos enfrentarnos contra el “loco” Aguirre y Marcelino “pan y vino” Luppetti. La cuestión era que “pan y vino” trató de interceptarme y yo, en un movimiento que con los años se convirtió en un clásico, me agaché para hacerlo pasar de largo pero no ví al Falcon estacionado y, mucho menos, al “gordo” González.

El golpe en sí no fue muy fuerte pero pegué contra las piernas del gordo quien cayó dentro del baúl llevándome consigo (siempre fue muy apegado a sus afectos y yo era uno de las personas que el gordo más quería). Del envión, se cerró la cajuela trabándose en forma instantánea. Pese a todo no fue una experiencia traumática sino que ese tiempo en que permanecimos encerrados nos ayudó a conocernos. Fue en ese momento cuando el gordo me contó su secreto más secreto: quería ser cantor. En esa inmensa y eterna oscuridad pude sentir la pena de González al no poder realizar su sueño. Él, además de gordo, era gangoso. Yo no tuve palabras para alentarlo. No porque no quería ayudarlo con su pesar sino porque en el golpe, choqué mi boca contra las voluminosas rodillas de él y se me había hinchado la boca. El gordo seguía contando sus penas, llorando su pesar mientras yo me entretenía con un yo-yo que había encontrado en el fondo del baúl. Uno nunca sabe las cosas que quedan en los baúles.

En ese momento comencé a desarrollar mi talento con el yo-yo e inventé mi ya legendaria “la baulera”, movimiento que me permitió conocer a mucha gente y consagrarme años después como campeón bonaerense de habilidad con yo-yo en el “Abierto de Ituzaingo” en 1983. De pronto, la puerta del baúl se abrió y esa luz cegadora me hizo pensar en lo efímero de los momentos, lo simple de la vida y valorar esos instantes únicos en los que las sensaciones se agolpan como peces a la hora de comer. Y hablando de comer, el “gordo” González finalmente dejó de ser gordo. También dejó de ser gangoso. En realidad, debo ser franco con usted y decirle que dejó de ser: perdió la vida cuando quiso vencer el record interzonal de permanencia en baúl que ostentaba (y sigue ostentando) el “pulmón” Gorostiaga.

Como le decía… hay situaciones en las que uno no sabe bien qué hacer. Por eso es que le voy a pedir que me ayude y decida conmigo: ¿me pongo las medias rojas o las celestes con pintitas verdes? Es que hoy tengo una cita con Margarita, aquella chica que ve allá, sentada cerca de la reja. Ah… ¿se tiene que ir? Bueno, gracias por venir a visitarme. Vuelva, ¿eh? Acá en el psiquiátrico hay horarios de visita que hay que respetar pero en el fondo son buenos, nos cuidan. No es que yo esté mal, ¿eh? Estoy y punto. Punto y aparte. Estoy, que es lo importante, como decía mi viejita que vaya a saber por donde anda ahora. De salida, péguele una mirada al malvón que se me está marchitando. Y saludos a los suyos. Vaya por la sombra ¿eh? Ta luego. Ta luego. Gracias por venir…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s