hola… ¿Amsterdam? | Capítulo 6: Sergei, el portugués

Hace un tiempo salía del oculista cuando me crucé con el crítico de danza Sergei Luvchenko a quien no reconocí por más que hiciera fuerza. Quizás fuera el fondo de ojos que me había hecho minutos atrás o quizás el tiempo pasado que siempre fue mejor. El hecho es que Sergei fue el que me reconoció a mi. Al ruso (que en realidad había nacido en Vocétein, Portugal) lo conocí cuando juntos presenciamos el más bello espectáculo de danza clásica que jamás se hiciera. Él como crítico enviado a Musktiktev (una extraña ciudad ubicada en las afueras de Moscú) y yo como simple espectador de la vida.

La obra contaba la historia de un niño que se negaba a crecer y que, de pronto, era llevado a un país imaginario. El muchacho vestía un extraño traje verde y un sombrerito con una pluma roja en su punta y tenía un don: volaba. Y en su vuelo decía: “Vamos Rusia, todavía”.

Este niño volador va de pueblo en pueblo hasta que conoce a una pre-adolescente (protagonizada por la siempre perfecta Ekaterina Zlevvavaavavava) a quien convence de continuar el camino junto a él. La escena donde Mika (tal el nombre del personaje femenino) es convencida por Peter (el precoz volador) es de una crudeza sin igual. Dura aproximadamente treinta y cinco minutos y es sin música. Si uno está sentado en las primeras filas se llega a escuchar el sonido de los autos que pasan por la calle del teatro. Termina cuando la niña acepta volar junto a Peter y saltan por la ventana para elevarse hacia el cielo y perderse en la oscuridad de la noche. Lástima que el único que se pierde es él porque ella no volaba (como es obvio, sobre todo en las pre-adolescentes) y cae y muere. Ekaterina estelarizó solamente las dos primeras funciones ya que nunca se recuperó del mal aterrizaje de la segunda presentación y tuvo que dejar la danza. También tuvo que dejar de caminar. Pero esa es otra historia. La obra se llamó “Vuela, vuela… no te hace falta equipaje”.

En la primer función, Sergei y yo coincidimos en el baño de damas (nunca entendí ni entenderé el idioma moscovita y mucho menos su escritura en las puertas de los baños y mi actual amigo era portugués así que estaba en la misma situación que yo) y allí nació esta bella amistad. Amistad reforzada con los años. Fue Sergei quien me regaló su primer libro. Aún guardo la vieja copia de “Platero y yo” en algún lugar de mi biblioteca. Se lo había regalado su madre cuando cumplió los veinte años. Sergei (y por sobre todas las cosas su familia) era muy pobre. A pesar del paso del tiempo hay cosas en Sergei que no han cambiado. Sigue siendo pobre.

Aquel día del oculista, Sergei estaba revisando las bolsas de basura y, al verme, me dijo: “Cuando hay hambre, no hay pan.” Yo simplemente acoté: “Duro”. A lo que el portugués me contestó: “Ni duro ni blando. No hay”. Así de simple y llano. Lo invité a caminar y de paso lo usé de lazarillo ya que el fondo de ojos que me había practicado el doctor Gonzalo Del Mirador y Lirón seguía molestándome. En aquellas interminables cuadras (interminables porque Sergei se detenía en todas las bolsas) fue donde comencé a elucubrar lo que un año después sería mi obra más conocida “Si Rusia hablara leré, si Rusia hablara leré”. Obra que incluye mi poema más premiado “Hey Sergei” cuya última estrofa dice:

Y si tú me dijeras
“esta noche me iré”
tu Rusia querida
te diría leré
te diría leré

Cuando llegamos a la esquina de la cuarta cuadra y yo ya podía ver decentemente, lo abracé sin saber que nunca más lo vería y allí escuché las palabras que dieron inicio a una catarata de sensaciones indescriptibles. Con la simpleza que siempre lo caracterizó, Sergei acercó su boca a mi oído derecho y simplemente dijo: “Me caigo”. O al menos eso entendí yo en ese momento. Nunca volví a escuchar bien de ese oído luego de aquel formidable estornudo de mi amigo personal el tenor Goliat Lopez.

Yo atiné a tomarlo de los brazos en el preciso instante en que sus esfínteres se vengaron de tantos años de mala alimentación. Deben haber tenido mucho odio porque lo que pasó en esa esquina aún se comenta. Fue tal el desbarajuste intestinal de mi amigo que, a partir de aquel día, se la conoce como “La resbalosa”.

Nunca más lo volví a ver a Sergei. La danza perdió a uno de sus periodistas más incisivos y más sensibles. Fue Sergei quien en mi ensayo “La milanesa se corta por lo más fino” escribió la reseña que definió mi suerte: “Para pode bailar es necesario tener dos piernas. Para escribir, dos manos. Y para escribir bien, ideas. Que buenas manos tiene el autor!!!”.

Un gran amigo Sergei.

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