hola… ¿Amsterdam? | Capítulo 5: El Zorro de la Vega

El otro día me crucé con mi compañero de esgrima Diego de la Vega en la puerta de mi proctólogo, el Doctor Santiago de Saldívar y Bañez, y lo primero que me pasó fue sorprenderme. No sabía que además de la esgrima compartíamos otras cosas. Recuerdo la primera vez que nos encontramos con Diego en aquel reconocido “Torneo a capa y espada de Cataluña” donde Diego (a quien apodaban “El Zorro”) donde logró un dignísimo trigésimo séptimo lugar. Él recién comenzaba a meterse en el fascinante mundo del florete y la castañuela. Porque a Diego siempre le gustaron las castañuelas. Con el tiempo, de la Vega se convirtió en un referente absoluto para todas aquellas personas que tenían intenciones de ser algo en el ambiente del empuñe firme. Todos sabían que no tenían que hacer lo que sí hacía Diego. Él fue un caso de estudio ya que jamás en su larga trayectoria ganó combate alguno. Nunca pudo conseguir que su espada tocara al menos por un segundo el traje de su oponente. Contaba con un estilo sin igual. Pero por lo malo. Muchos libros han hablado sobre él y hasta se han hecho películas. Sin ir más lejos el filme “Más sabe de la Vega por viejo que por él” cuenta con una crudeza sin igual la historia de la vida de mi amigo.

Con el tiempo nos volvimos amigos y compañeros. Competimos por equipos contra la formación que representaba a Hungría en el mundial de esgrima que se hizo en África. Obviamente perdimos pero algo nos quedó además de mucha arena en las botas: nuestra amistad. Amistad que con el tiempo se fue apagando y en los últimos años solamente nos encontrábamos muy de vez en cuando para hablar de bueyes perdidos. Porque de la Vega se dedicaba a la crianza de bueyes. Y, como todos sabemos, la principal característica de los bueyes es la de perderse, acción que además tiene un profundo sentido social ya que sin los bueyes perdidos ¿de qué hablaría la gente?

En aquella ocasión del encuentro casual, Diego me contó que nuestro común amigo Ludwig Von Ludwig había presentado su último espectáculo para niños “La flauta dulce no engorda” que contaba la historia de un niño gordo que quiere aprender a tocar la flauta. El tema es que vive en su casa con su padrastro y sus dos hermanastros. Un día el gobernador del lugar invita a una gran fiesta donde pueden asistir todos los habitantes del pueblo incluído el gordito simpaticón. Aquí comienzan los problemas ya que los hermanastros (que son envidiosos y malvados) le hacen la vida imposible y  su padrastro (una fabulosa composición del italiano Giusseppe Tagliatelli Alscarparo) le prohibe asistir a dicha fiesta. El día de la velada, una vez que parten los hermanos y el padre, al muchachito se le aparece una especie de hechicero mágico que le otorga el don de tocar bien la flauta y además le da ropa y un auto. La única condición que tenía era que a las doce de la noche se acababa el hechizo y todo volvía a la realidad. El chico va a la fiesta, llega y toca como los dioses y todo el mundo contento. Hasta que aparece la hija del gobernador que queda encantada con el gordito flautista pero en el momento justo en que la niña se acerca a nuestro héroe, dan las doce y él sale corriendo del salón dejando olvidada su flauta. Al otro día la niña enamorada recorría todas las casas de la ciudad en busca de su amado hasta que llega a lo del muchacho que en ese momento estaba comiendo una torta doble de crema y chocolate que bajaba con un doble submarino vienés que se prepara reemplazando la leche por el chocolate del Charlotte. Los hermanastros se abalanzan sobre la hija del gobernador para ganar su aprecio pero al intentar tocar la flauta dan muestras de su ineptitud y se la ceden sin mas remedio al rollizo hermano que terminaba su merienda. Aquí es cuando la obra se pone dramática ya que el muchacho no tiene el poder mágico que le permitía tocar la flauta dulce, sin embargo el amor por el instrumento hace que logre sacar una bella melodía y confirme que él es el indicado. La obra termina con un gran cuadro musical con la hija del gobernador y el niño casados y abriendo una casa de repuestos para autos.

Sinceramente al escuchar el relato del argumento de la boca de mi amigo Diego no pude menos que parpadear. En parte porque una característica de De la Vega era escupir al hablar pero también por la crudeza de la exposición. Sobre todo me sorprendió la capacidad de inventiva de Ludwig. Pero también me dí cuenta de que Ludwig no era el mismo que yo conocí en el ejército. Evidentemente le había quedado alguna secuela de aquellos fríos días en las trincheras haciendo guardias larguísimas.  Fue allí donde escribió su primer libro de cuentos infantiles que tituló “Por más que abra Cadabra yo no voy ni por un par de patas de cabra” por el que ganó el premio Pinocchio al Escritor de Madera en Venecia, Provincia de Buenos Aires.

Cuando quise acordarme ya se había hecho la noche y allí decidí que ya era hora de separarme de Diego de la Vega. Le estreché la mano y como quien no quiere la cosa me alejé pensando en lo que unos años más tarde sería mi próximo libro: “La cosa… ¿quiere o no?” cuyo prólogo, escrito por mi amigo de la infancia Marcelo Loló, temina diciendo:

“Si antes de leer este libro tiene que hacer otra cosa, hágala. ”

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