hola… ¿Amsterdam? | Capítulo 4: Margarita es una flor

Mi historia con Margarita Sánchez Loperga comenzó mucho antes de aquel encuentro desafortunado. Yo la conocí en la presentación del Ballet Parkin de Rusia cuando presentaron un espectáculo basado en una aparente historia real que contaba las desventuras de un niño que es abandonado en una cunita en un río y recogido por los egipcios quienes lo adoptan y lo crían. Este niño al crecer de alguna forma extraña toma contacto con Dios quien le enseña el camino y unas tablas de cemento con dictados que este chiquilín debe hacer cumplir. El súmum del show es cuando, escapando de Egipto, abre las aguas de un mar de un color extraño (yo estaba en las filas de atrás y no llegaba a ver bien el escenario) y pasa a través de él sin mojarse. Una vez hecho esto hace un pase de magia y el río vuelve a su cauce dejando a los soldados que lo perseguían sumerjidos cual almejas. Margarita era la protagonista del show danzante. Lo particular es que ella no hacía del joven enviado divino sino de su novia que lo acompañaba a todos lados. Incluso en el zafarrancho acuático. Esa escena es la última de la obra ya que se les hacía muy complicado bailar con las patas de rana. Habían titulado la obra  “Ya estás grande para Moisés”.

Margarita parecía mucho mayor de lo que efectivamente era. Cuando yo la ví en la presentación del Ballet Parkin pensé que era una bailarina terminando su carrera y luego me enteré de que ése día debutaba. Quizás el hecho de que usara bastón me despistara un poco pero yo siempre fui malo a la hora de adivinar edades. Nunca comprendí ese jueguito de adivinación de edad que lo único que consigue es hacer pasar vergüenza al participante.

Cuando me acerqué a Marga (a ella siempre le gustó que le dijese Marga) aquel día del debut y me la presentaron, instantaneamente quedé enamorado de su ojo color marrón. Pasó mucho tiempo desde aquel día hasta que me animé a preguntarle qué le había sucedido en el ojo derecho. Bah, la pregunta bien formulada era “¿qué te ha sucedido con tu ojo derecho?”. Porque Marga no tenía ojo derecho. Pero no era que tenía un agujero sino que directamente no tenía nada. Este defecto hacía difícil su labor profesional ya que todo el panorama derecho no existía para ella. Muchas veces le había sucedido que, intentando hacer cierta pirueta a diestra, se pegara contra algún decorado o bailarín. Pero en general se las ingeniaba bastante bien.

Nuestra historia de amor fue increíble. Siempre supimos que nos amábamos perdidamente pero jamás nos dijimos nada. Bastaba con mirarnos para saberlo todo. Bastaba olernos para sentirnos uno cerca del otro. Salvo cuando Marga terminaba una función. En esos momentos yo prefería no olerla.  A Marga la acompañé en muchas giras que hizo por el mundo lo que me permitió conocer a importantes personalidades. Cuando se presentaron en Canelones, Uruguay, la sala estaba colmada. Fue sin dudas el mayor suceso de la compañía. Allí me presentaron a Wander “Chivito” Rey, un púgil peso pesado que era el campeón uruguayo que en esos días se mediría con su par norteamericano en una lucha que se anunciaba como “La batalla del siglo”. En mi libro “Para batalla con mi suegra alcanza” expongo mi teoría sobre las remanidas “batallas del siglo”. Si todas las batallas que se titulan “del siglo” fueran tales, no habría lugar en los almanques de la historia para albergarlas. Por ese libro gané el premio Napoleón Bonaparte en Windleberg, Austria. Wander “Chivito” Rey se caracterizaba por no haber perdido nunca una pelea. Tampoco había ganado jamás. Todas habían sido empates. Un hecho sin dudas extraño considerando que era el célebre campeón.

Ese día asistimos a la presentación del espectáculo “Cuarto oscuro”  cuyo despliegue era increíble. Más de cuarenta bailarines en escena, una escenografía impresionante. Y Marga como protagonista. Era un show en el que había que prestar mucha atención sobre todo al comienzo ya que una vez que la orquesta comenzaba a tocar, se apagaban todas las luces del escenario y quedaba todo totalmente a oscuras hasta el final. Sencillamente extraordinario. Se promocionaba pidiéndole a los espectadores que no revelaran el final lo que agregaba una cuota de misterio que solamente los rusos son capaces de lograr. Siempre le decía a mi amigo Boris Winschurchurchof cuando nos juntábamos en la plaza roja de Moscú (que hasta el día de hoy me pregunto por qué eligieron ese color tan feo) a tomar sopa fría de congrio: “mirá que sos misterioso ruso ¿eh?”. A lo que él me respondía levantando las cejas y en tono de pregunta: “¿Ahhhh?”.

Un día Marga me dejó. Aprovechando la confusión del último acto de “Cuarto oscuro” se fue y nunca más la ví. Hasta el día en el que me la encontré a la salida del bar luego de mi encuentro con Gardés. En ese momento, Margarita me miró con su ojo lloroso y tratando de decir algo estornudó tan fuerte que su dentadura postiza se perdió en la espesura de la noche. Definitivamente no era la misma joven que había conocido años atrás. Mientras ella intentaba encontrar sus dientes y se tapaba la boca, yo me sumergí en el subterráneo pensando en el final de aquel famoso tango “Tus dientes no me importan si vos no estás” de mi padrino Guillermo Zoza que dice:

Por olfaturista me ha pasao
que en tu casa te he dejao, y la vida que te has dado
me ha hecho reaccionar.
Por ser un pibe debute, mas de mil veces te he llorado
Pero esa historia, triste historia
otro día la diré.

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