hola… ¿Amsterdam? | Capítulo 3: El morocho no es de ni dá Abasto

Aún perplejo por mi encontronazo con Marcel Toujours, me dirigí hacia el cine “Grand Mireya” a presenciar el estreno absoluto de la última película de mi amigo personal Carlos Dardel, “¿Y yo qué hice? dijo Caín”. Una película dura, que narra la historia de dos hermanos que pelean hasta que al final uno mata a otro. Realmente una historia aterradora que me sorprendió por su originalidad. El “Grand Mireya” estaba como en sus mejores épocas. Siempre me pregunté por qué los cines que se precian llevan en su nombre la palabra “Grand” y no algo más simple, menos presuntuoso.“Cine”por ejemplo.  En fin, la gente se agolpaba frente a la puerta del cine como queriendo entrar. Digo “como queriendo” porque en realidad la vereda era muy angosta y los colectivos pasaban muy rápido entonces la muchedumbre se apretaba contra las puertas. Tanta era la presión que algunos llegaban a penetrar en el hall y de paso veían la película.

El film fue recibido con singular éxito. Singular porque un solo crítico fue al estreno y la gente se levantaba para ir al baño y no volvía. Aquí debo decir que no estoy seguro si era porque la película duraba cinco horas o porque el “Grand Mireya” era tan grande que la gente se perdía. No ha sido casualidad que se encontraran por los pasillos del establecimiento personas perdidas que sus familiares habían dado por muertos.

Uno de los papeles principales lo protagonizaba Tito Santamarta. Tito había comenzado su carrera cinematográfica de niño cuando participó del musical “Llora niño que el loro no es verde sino que tu padre ya no está”. Él hacía de loro. Santamarta tenía la particularidad de ser tartamudo. Tan tartamudo era que la escena donde Caín discute con su hermano dura tres horas. Tito hacía de Caín y de Abel al mismo tiempo en una actuación memorable. Más que memorable, difícil de olvidar. Me confió Dardel que filmar esa escena les demandó cuatro meses.

Antes de la proyección del filme a algún gracioso se le ocurrió pedir que Tito dijera unas palabras. Fue el principo del final. Cuando al fin Santamarta decidió que era hora de ver la película la sala estaba por la mitad.

Cuando terminó la función, Carlitos y yo nos fuimos a caminar para disfrutar de la noche que parecía prometedora. Y también para estirar las piernas. El “Grand Mireya” no era precisamente cómodo. Mientras caminábamos, observé al director de cine y me dí cuenta de que la vida de Carlos Dardel no fue tan fácil como todos piensan. Para empezar, no sabía si había nacido acá o en otro país. Muchos decían que era francés pero como él siempre me decía: “pa’ francés está el pan”.

Después se dedicó a la canción. Cantaba canciones de amor y desengaños. Tuvo un solo disco mas o menos exitoso (más menos que más) que se llamó “Yo sí le canto a la luna, aunque alumbre y nada más”. Como no le fue muy bien se dedicó a escribir libros. Mejor dicho: a escribir libro. Porque escribió uno solo. Lo tituló: “Libro hay uno solo, como la vieja”.

La editorial se quedó con cuatrocientos ejemplares de los cuatrocientos dos que publicó. Uno de esos dos libros lo tengo en mi biblioteca. El otro nadie sabe dónde fue a parar. Inclusive la editorial anduvo buscando al pobre diablo que compró el otro (el mío me lo regaló Dardel en persona) para devolverle la plata pero nunca lo encontraron.

En ese momento de su vida, Carlos medio que se resignó y optó por vivir de su otra pasión: el cine. Siempre le gustó manejar gente y decirles qué es lo que tienen que hacer. Así que se metió de acomodador. Le fue bien durante mucho tiempo. Treinta años como acomodador estuvo hasta que se cansó. Se cansó de ver siempre las mismas películas. Ya se sabía todos los finales posibles, todas las tramoyas inventadas y por inventar. Creo que fue en ese momento cuando decidió ser cineasta. Sobre todo cuando dijo: “Quiero ser cineasta”. Sí, fue en ese momento. Sin dudas.

Pensando en la vida de mi amigo no me percaté de la hora así que fuimos a picotear algo por el barrio. Carlos me comentó que estaba pensando ya en su nuevo proyecto: una pizzería. Fue entonces cuando lo miré y comprendí que ya no era el mismo que yo había conocido. La fama lo había cambiado. Siempre tuvo fama de hacer ricas pizzas.

Lo dejé discutiendo con el dueño de la cantina donde habíamos entrado sobre el grado de cocción de la fugafaina y si las aceitunas verdes eran las indicadas para las empanadas de humita. Abrí la puerta y levanté la mano para frenar un taxi sin darme cuenta de que por la vereda venía alguien caminando.

El golpe no fue tan violento como pareció. Con el dedo índice de mi mano derecha le pegué en la mejilla y con el resto de la mano (que estaba cerrada) en la nariz de una linda señorita que, apurada, pasaba justo por la puerta del boliche. Mientras la ayudaba a levantarse observé los ojos verdes más hermosos que jamás hayan existido. Y supe que no podían ser de otra persona que de Margarita Sánchez Loperga, la estupenda bailarina clásica. Estaban húmedos de lágrimas que pugnaban por escapar. No por emoción sino por la brutalidad de mi golpe.

Pero como decía mi colega el Licenciado Ramiro Ramiro en su libro “Decir por decir es no decir” en su capítulo doscientos doce: “Para contar eso, mejor esperar otra oportunidad.”

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Un comentario en “hola… ¿Amsterdam? | Capítulo 3: El morocho no es de ni dá Abasto

  1. Lo mejor de estos relatos es que hacen morir de risa. Espero con ansias el nuevo capítulo

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