hola… ¿Amsterdam? | Capítulo 2: Gustav Marchesin, el gran creador

A Gustav Marchesin lo conocí en la presentación del long play “El pie que no quería caminar” de Lucrecia Tornaevolte, una incipiente estrella del mundo de la música que terminaría su vida artística trágicamente al tomar un mate cocido demasiado caliente. Esa noche Lucrecia desplegó todo su potencial cuando cantó el tema principal. Fue al son de “Dos de azúcar impalpable” cuando choqué con Gustav al intentar imitar la coreografía de los bailarines. Luego de que cesara de llorarle el ojo izquierdo donde introduje involuntariamente mi dedo gordo derecho, Gustav me miró como pudo y automáticamente nació una amistad que ya lleva casi veinte años.

Gustav tuvo su minuto de fama hace mucho tiempo cuando presentó un proyecto a las principales estaciones de radio. Consistía en reunir un grupo de cinco mujeres y ocho hombres en una estación de tren durante un lapso de tiempo donde debían convivir y todas las semanas se eliminaba uno hasta que el último resultaba el ganador de la competencia. Éste se llevaba como premio un pase libre por un año. Pero la particularidad de este evento era que la gente podía escuchar todo lo que sucedía en esa extraña estación durante gran parte del día. Lo llamó “El Gran Bar Expedición”. No duró mucho. No porque no haya sido buena la idea, sino porque no consiguieron las cinco mujeres necesarias para la experiencia y luego de la primer semana, cinco de los hombres se fueron en el primer tren que pasó y los otros tres que quedaron eran mudos. Nunca se supo cuál de los tres ganó.

Cuando nos encontramos, luego de aquella salida rápida del bar, estaba totalmente cambiado desde la última vez que lo ví. Sin ir más lejos, recuerdo que en aquella ocasión llevaba una chaqueta verde y en esta oportunidad solamente estaba vestido con una camisa turquesa que por cierto era bastante fea. Nos abrazamos y caminamos un par de cuadras. Es cierto que jamás nos importó “el qué dirán” pero en ese momento a mí me molestó caminar abrazado a un hombre así que aproveché un semáforo y simulé atarme los cordones.

Mientras luchaba con mis mocasines tratando de atarme algo aunque sea, Gustav comenzó a relatarme como podía lo que sería su próxima novela corta: “El sol se pone cuando llega la cuenta”. Contaba la historia de un pordiosero que emprende un viaje desde la vieja Alemania post-nazi y termina triunfando como travesti en un show en Estados Unidos. Escrita en alemán e inglés, esta narración describe las peripecias de este inmigrante que sufre y persevera hasta conseguir lo que tanto deseaba. Eso sin contar el pasaje donde nos relata una infancia plagada de necesidades y sinsabores propios de la pobreza absoluta. La novela tenía tres capítulos de dos hojas cada uno. Gustav siempre se caracterizó por su poder de síntesis. Sencillamente fabuloso.

El prólogo de su libro lo iba a escribir el famosísimo pintor cubano Walter Zarzámora Guantel, autor del cuadro que dio la vuelta al mundo describiendo con simpleza sin igual la realidad cubana luego de que Fidel Castro (un amigo sobre el que alguna vez escribiré) tomara el poder por tantos años. Era un lienzo de treinta metros de ancho por doce centímetros de largo. Todo blanco era. Y en medio de esa blancura se puede observar un diminuto punto rojo. Nunca nadie supo qué quiso expresar Zarzámora Guantel y nadie lo sabrá. Murió trágicamente cuando, sin notarlo, tomó como sopa dos litros de pintura verde pensando que era la clásica sopa de arvejas cubana que tanto le gustaba. Muchos se preguntaban como fue que el pintor no se percató de la diferencia de sabores entre la sopa y la pintura. Seguramente todos los que cuestionaban el dudoso gusto de Zarzámora Guantel nunca habían probado la sopa de arvejas cubana. Al cuadro lo llamó “Negra inmensidá chico”.

Marchesin me miraba sin enteder qué era lo que le quería decir. Quizá porque él no hablaba en español ni yo en alemán. Pero no hacía falta las palabras para expresar nuestra amistad. Le señalé el reloj y él asintió. Y sin darme la chance de explicarle que lo estaba invitando a comer, se subió a un taxi que pasaba y se perdió en la tarde.

Mientras el taxi se alejaba por la avenida, alcancé a ver su rostro por la ventana trasera del automóvil y ví a Gustav saludándome con la mano derecha como diciéndome “adiós”. Yo emprendí el regreso al hotel donde estaba parando pensando por qué Gustav tenía mano derecha si él la había perdido en la batalla de Waxfurgberg cuando se enfrentó solo contra un ejército de moscas hambrientas. Es que en los finales de la segunda guerra, el hambre no sólo atacaba a los seres humanos. Y comprendí que la persona con la que me había tropezado era Marcel Toujours mi amigo francés. Que no era escritor sino mozo. Cosa que no dejó de sorprenderme.

Pero como escribió mi profesor de esgrima Charles Rapoport en su obra teatral “Réquiem para la brochette perfecta o como ensartar la cebolla como se debe” que ganó el primer premio en el festival internacional de teatro mudo de Augusta de 1957, “Esta historia continuará”.

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