hola… ¿Amsterdam? | Prólogo: La llamaban Lulú

En algún momento de mi vida me encontré en situaciones que no pude manejar. Y no me refiero a aquella vez en que me pusieron al mando de una locomotora en la China de antaño cuando había que saber o saber, me refiero a situaciones en las que, tal vez sin quererlo, la gente se expone a momentos complicados. Como el que me tocó vivir hace tiempo y a lo lejos cuando trabajaba en la Scala de Milan en Ottorganën, Suiza.

Allí me enamoré perdidamente de Luluen Mackitoenberg, quizás la más bella soprano que jamás conocí. Luluen estaba protagonizando una obra en la Scala donde tenía un gran gasto de fuerzas ya que era la historia de un hombre con largos cabellos dotado de una fuerza descomunal capaz de derrotar al ejército más bravío con el poder de sus brazos. Él era invencible pero, al igual que su amigo Aquiles, también tenía un talón frágil ante el ataque: si le pasaba algo a su pelambre, su fuerza se desvanecía de repente.
Así es que sus enemigos (muy pero muy inteligentes ellos) le “envían” una muchachita de cascos sueltos quien logra enamorar a este forzudo de corazón abierto. Como todo grandote, nuestro héroe es un sentimental y cae rendido a sus pies. Allí la malvada le corta el pelo y le quita todas sus fuerzas (aquí hago una breve interrupción: si era invencible precisamente gracias al pelo… ¿cómo hizo para cortárselo? ¿no debería ser incortable? Se los dejo para que lo sopesen).

¡¡¡Para qué!!! Si hasta allí no tenía suficientes problemas al tener que luchar por sí solo contra todo el universo de malvados, ahora sin fuerzas estaba totalmente vulnerable. Así, este pobre hombre es llevado ante sus enemigos donde le arrancan los ojos y lo dejan hecho un desastre. El final lo encuentra en un gran templo llorando desconsolado pidiendo perdón por su amor. En su llanto (acongojadísimo por cierto) se apoya contra unas columnas (que se ve que estaban flojas) y se viene en banda todo el estanterío muriéndose aplastados él, los malos, la malvada arpía y (solamente en las funciones iniciales) algunos espectadores de las primeras filas. Por suerte luego se dieron cuenta de este problema y corrieron las filas un par de metros.

Luluen hacía el papel del muchachote, que se llamaba Roque. La malvada mujerzuela que lo enamora con el sólo fin de quitarle su fuerza sin igual la interpretaba un niño de no más de catorce años: Trintäx Jörööwskëvsti. La obra la llamaron en su primera versión: “La pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno”.

En el estreno yo estaba muy nervioso ya que mi trabajo no era menor: era el encargado de la traducción (la obra original la había escrito mi amigo personal Camille Saint-Saëns, hijo de Camille Saint-Saëns y de Lukas Saint-Saëns, primos hermanos ellos. Lukas era un bebedor al que le gustaba experimentar. Tanto experimentaba que un día se envenenó y murió atragantado con plastilina y leche condensada). Uno de mis principales problemas al traducir la obra era que yo no hablaba el pyrstieno, idioma original de esta historia, así que inventé casi todo. Y lo inventaba en el momento ya que Luluen no sabía leer ni escribir. ¿Quién necesitaba leer con esos ojos celestes? ¿Quién necesitaba escribir con esas manos de marfil? Ella tenía siempre un séquito de ayudantes y enamorados que harían lo que fuese por un solo gesto de aprobación. Y yo era uno de ellos. Así que inventé la primera función. Y la segunda y así sucesivamente.

La obra fue un éxito instantáneo. Luluen se llenó de plata, fama y prestigio. Pero, como dijo mi madre un segundo antes de morir, “lo que fácil viene, fácil se va. Muero contenta, hemos batido al enemigo. Y abrigate vos… que te vas a resfriar”. Y Luluen no fue la excepción. Tanto trabajo la hizo perder peso y, al cabo de un par de meses, estaba tan flaca que era irreconocible. Y ya no fue creíble el personaje de forzudo melenudo.

La última vez que la ví estaba parada en la puerta del subte en Barsovia (una ciudad en las afueras de Potomac, en Groenlandia) vendiendo almanaques viejos. No había recuperado su peso pero seguía tan bella como de costumbre. Ella no me reconoció ya que yo también estaba distinto. Por esa época era el protagonista del espectáculo que dio la vuelta al mundo: la historia de una mujer de negocios necesitada de afecto debido la frialdad extrema del difícil mundo empresarial que se la pasa buscando un animador para la fiesta de cumpleaños de su hijo sordo. Nunca lo encuentra salvo al final de todo cuando se cruza en un baño público con un muchacho que está lavándose los dientes. La obra se llamaba “Necesito un mimo” y yo hacía de mimo…

Pero pero… como leí alguna vez en algún libro de cocina, “bata bata y no deje de batir, que con el tiempo le llega su punto a todo. Sino, pregúntele a la clara”. Más claro échele agua.

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