CORDEROY PLUSH | Ella (capítulo 1)

Era de noche y el sol pegaba como nunca. En el Ártico sur el frío se hacía sentir tanto que daba calor. Los pies de Plush habían quedado reducidos a cubos de hielo mientras caminaba por el desierto blanco. Había salido de la base hacía cuatro horas y la larga caminata le había abierto el apetito. Sabía que bajo la superficie aparentemente dura, encontraría comida. El océano se extendía salvajemente debajo de la estructura de nieve y hielo. Tomó fuerzas y saltó en el lugar.

Los grandes cubos de hielo que rodeaban a sus pies hicieron las veces de martillos gigantes, abriendo un boquete en medio de la nieve dejando libre al agua helada que saltó simulando ser un geiser antártico.

Corderoy Plush vió con su vista entrenada como salían del agujero corcoranes dorados despedidos como lanzas. Su agilidad le permitió realizar el contacto visual con uno de los peces practicando el hipnotismo vudú dejándolo muerto al instante. Hipnotizar a un pez es una tarea complicada ya que, para ser efectivo, hay que mirar fijamente a ambos ojos. Para Corderoy Plush eso no era problema ya que él había estimulado sus globos oculares durante la guerra de los cuatro días en el norte de Zambia adquiriendo la capacidad de moverlos en forma independiente y así poder rastrear más de un escenario a la vez. Utilizó ese método con los corcoranes. Pero había un problema: El corcorán dorado es un pez declarado patrimonio mundial ya que se trata de una especie en extinción. “De todas formas se van a extinguir tarde o temprano” pensó Plush mientras clavaba la vista en otro pez quien cayó al lado del otro. Continuó con su fuerte vista apuntando a cuarenta y seis peces, recordando como muchos de sus compañeros caían muertos al practicar el método vudú frente al espejo. Una vez terminada la faena, tenía en su poder más comida que la necesaria. Ya algún oso se encargaría de los restos. Siempre y cuando no se encargara de él. Tenía que apurarse.

Prender el fuego en medio de la noche ártica, bajo el sol ardiente, era una tarea complicada. Los vientos de más de doscientos cincuenta y siete kilómetros por hora pegaban fuerte. Gastó tres cajas de fósforos militares en menos de tres minutos intentando encender la hoguera. Los peces se congelaban rápidamente y el croar de los osos polares pardos se hacía cada vez más fuerte. Miró a los cadáveres acuáticos y se le ocurrió una idea. En sus noches de guardia estudió el fenómeno de la refracción solar. Miró al cielo, sopesó la intensidad del sol de noche y, con precisión milimétrica, colocó doce (no deben ser más de doce) peces en fila india. Y el fenómeno se presentó: desde la cola del más alejado, una chispa comenzó lo que sería un vendaval de fuego que creció hasta el pez más alejado formando una hornalla perfecta. Según sus cálculos, ese fuego duraría veintisiete minutos con catorce segundos. Lo necesario para cocinar los corcoranes.

Mientras degustaba el dulce sabor de la carne de los peces, Corderoy notó un gusto particular. Repasó en su mente todos los sabores que había aprendido durante su instrucción. Cuando detectó de qué se trataba era demasiado tarde. Los corcoranes desarrollan un mecanismo de defensa ante el peligro inminente muy particular. Su sangre se modifica totalmente convirtiéndose en un poderoso veneno. Ellos mueren pero su captor también. Plush tragó el trozo de carne que estaba masticando sabiendo que estaba en problemas. “Por esto merecen extinguirse” pensó mientras se desvanecía. Antes de dormirse, escuchó pasos en la nieve blanda. Se acordó de los osos polares. No sería una mala forma de morir después de todo.

Sintió que se deslizaba por un largo tobogán blanco mientras, en su delirio, soñaba con una negra cabellera que lo abrazaba y cobijaba. Intentó abrir los ojos pero no tuvo fuerzas. Levantó su mano y sus dedos se entrelazaron con otros muchos más finos que los de él. Los apretó con fuerza y se desmayó.

La piel del oso polar pardo es muy especial. Muy fácil de detectar, lo que sucede es que hay muy poca gente que se somete a dicha prueba ya que no es aconsejable acariciar a ese tipo de bestias salvajes. Corderoy sintió la calidez de la manta natural que esos animales poseen y, por un instante, los envidió. Cuando pudo darse cuenta de que estaba debajo de un oso, se incorporó, asustado, y se dio cuenta de que no solo no estaba en peligro sino que se encontraba en una suerte de cueva, acostado, tapado por la suavidad de esa piel. Evidentemente no había muerto. También era evidente que alguien lo había salvado de morir congelado. Miró a su alrededor tratando de buscar algún indicio de donde se encontraba y no pudo hallar nada que lo vinculara con el mundo exterior. Ni siquiera una puerta. Se recostó tratando de encontrar una solución y, como siempre le sucedía en esos momentos de máxima concentración, se quedó dormido.

Sintió la caricia sin darse casi cuenta. El placer que sintió fue similar al que se experimenta cuando se salta desde 10.000 metros sin más que un paracaídas mediano y un par de ojotas. Corderoy entreabrió los ojos y la vió. Supo en ese instante que se había enamorado. Quiso levantarse pero ella se lo impidió. La miró fijamente, tratando de entender su mirada. Ella apoyó su mano, calmándolo, empujándolo hacia su cama, mientras le alisaba el pelo del pecho. Por costumbre, Plush nunca se afeitaba el pelo del pecho pese al problema que llevaba consigo desde pequeño: era velludo. “Velludo Agrio” fue el dictamen del médico que lo revisó a los tres años. Le crecía el pelo constantemente, sin cesar.

Le tomó la mano con suavidad, entrelazando sus dedos entre las uñas de ella. Al parecer, en ese inhóspito paraje no era costumbre cortarse las uñas. Hizo fuerza nuevamente para sentarse pero ella, una vez más, no lo dejó. “Me obligas a hacer lo que no quiero” le dijo Corderoy lanzando la “llave tuerca” al cuello de su protectora. Plush fue el mejor promedio de su camada en defensa personal avanzada. Tenía conocimientos de técnicas marciales que los más ancianos maestros orientales se negaban a enseñar. La “llave tuerca” era una toma que estaba desaconsejada por la violencia de su impacto. Pero nadie jamás había impedido a Plush a levantarse. Y esta no sería la excepción.

Estiró su brazo izquierdo como para acariciar la cabellera de la mujer que tenía frente a si mientras que, con el brazo derecho, rodeaba su cintura. En ese momento movió en forma de ventilador austrohúngaro ambos miembros formando una trampa mortal, girando enteramente el cuerpo de ella quien quedó al instante cabeza abajo. En esa posición Plush se incorporó y, sin soltarla, se vistió, se calzó y se peinó. Una vez terminada la faena, retrajo la presión rotando los brazos en sentido opuesto para dejar a la mujer nuevamente en su lugar, recuperando la verticalidad.

Ella lo miró fijamente. Sonrió. Sin dudas era bellísima y, además, le debía la vida. Pasaría el resto de su vida junto a ella. Criarían a sus hijos en ese lugar del mundo, desierto y frío pero con el calor que la familia Plush tendría. Le enseñaría su lengua y él aprendería su dialecto. Sus hijos correrían libremente por las blancas planicies y luego se marcharían a formar su propio rebaño.

Nunca, jamás, a alguien entrenado bajo las más altas exigencias se debe sorprender. Por más amor que exista. Por más cariño que se le tenga. Jamás. Eso lo aprendió la madre del maestro ninjatsu cuando, a los doce años, lo fue a despertar de una siesta para merendar. El niño, ya convertido en un gran maestro, sintió el aire que desprende la mano al acercarse a su cabeza y, en un abrir y cerrar de ojos, asesinó a su progenitora con un certero golpe. Una eseñanza que la señora nunca llegaría a transmitir…

Tampoco lo sabría ella evidentemente ya que, mientras Corderoy estaba pensando en sus planes familiares, quiso abrazarlo por detrás. Su cuerpo salió despedido hacia la pared más lejana con tanta violencia que abrió una ventana natural. El aire frío despejó a Plush quien comprendió que todos sus anhelos, todas sus creencias sobre la procreación y el amor habían terminado repentinamente. El viento helado del ártico hizo que entrecerrara los ojos. Se calzó la piel de oso y salió por la abertura.

Nunca supo su nombre. Mientras se alejaba miró su brújula. Una lágrima suya, convertida en hielo, pegó en el vidrio cobertor y lo rompió. Se quedó sin Norte. Se quedó sin Sur. Pero, en ese momento, a Plush poco le importaba.

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3 comentarios en “CORDEROY PLUSH | Ella (capítulo 1)

  1. Hey, señor Maxi!, ¿cómo dice que le va?. Me alegra volver a leer las aventuras de Corderoy Plush de la mano de tan afanado artista… ah, ¿es afamado?. Como sea, la foto del profile va para mi remera.

  2. Me ENCANTÓ Corderoy Plush!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Brindemos tambien porque vuelvan las aventuras del Doctor Lazaro Bartistico 😉

  3. Soy la proxima fanatica, muy bueno, como me perdi de estos atributos tuyos?, nunca es tarde.

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